Los audiolibros son excelentes para el entretenimiento, pero no tanto para el aprendizaje.

Por Abigail Fagan

Los audiolibros se han convertido en mis compañeros inseparables, ya sea en el trayecto al trabajo, lavando platos o haciendo malabarismos con la guardería. Como madre, a menudo es la única forma en que “leo”. Pero como psicóloga educativa que estudia cómo las personas entienden los textos, me he preguntado: ¿realmente estoy aprendiendo algo? La respuesta corta es: depende.

El género es muy importante. Los humanos estamos naturalmente predispuestos a la narración, lo que nos da una capacidad inherente para seguir arcos narrativos. Las investigaciones demuestran que, en el caso de las obras de ficción, la comprensión es casi equivalente tanto si se escuchan audiolibros como si se leen textos impresos. Pero cuando se trata de textos expositivos repletos de ideas complejas o información técnica (por ejemplo, libros de texto), el texto impreso tiende a facilitar una mejor comprensión.

La concentración también es muy importante. Si bien toda lectura requiere atención, escuchar libros requiere habilidades especiales para ignorar las distracciones. Cuando ese hermoso puente Golden Gate aparece por la ventana del autobús, es fácil perder el hilo de lo que dice el narrador. Las investigaciones demuestran que quienes escuchan muchos audiolibros (o podcasts) mejoran su capacidad para desconectarse de estas distracciones y concentrarse en el contenido del audio.

Los audiolibros son excelentes para captar información. Pero, si intentas comprender ideas complejas, no siempre son la mejor opción. He aquí por qué: al leer texto impreso, la vista salta de forma natural a secciones confusas sin siquiera pensarlo. Es como si el cerebro y la vista se unieran para que comprendas. Sin embargo, con los audiolibros, no es tan sencillo. Intenta encontrar esa frase importante que te perdiste hace unos minutos: estarás rebobinando repetidamente, intentando adivinar dónde podría estar. Esta molestia adicional significa que a menudo simplemente seguimos escuchando en lugar de aclarar nuestras dudas. ¿El resultado? Podríamos perder conexiones entre ideas que serían obvias si estuviéramos mirando la página.

La voz del narrador también puede afectar significativamente la experiencia. Algunos oyentes encuentran ciertas cualidades vocales distrayentes, independientemente de la calidad del contenido. El ritmo, la entonación e incluso el acento de un narrador pueden mejorar la comprensión o crear una carga cognitiva adicional que dificulta el aprendizaje.

La próxima vez que te debatas entre escuchar o leer, considera primero tu propósito. Para disfrutar o para obtener información sencilla, no dudes en iniciar la reproducción. Pero cuando tu objetivo es el aprendizaje profundo, especialmente con material complejo, la lectura tradicional podría seguir mereciendo su lugar en tu repertorio intelectual. El mejor enfoque podría ser estratégico: reserva el tiempo de audiolibro para ficción y no ficción narrativa, y reserva la vista para textos que requieran un procesamiento más profundo y una revisión frecuente.

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