Gobierno Corporativo: Esencial para la Continuidad Empresarial

Por Antón Martínez

[email protected]

www.antonconsultingasoc.com

“Don Martín y el Consejo de los Eternos”

En una empresa que ya no sabía si vendía productos, servicios o simplemente nostalgia, vivía —porque no se le puede llamar de otra forma— Don Martín. Consejero desde tiempos inmemoriales, cuando las juntas se hacían con café de olla y los balances se escribían en libretas de contabilidad con letra de monja, Don Martín ocupaba su silla de cuero como quien ocupa un trono: sin moverse mucho, pero con la certeza de que el reino le pertenece.

Cada junta comenzaba igual. El director general, joven y entusiasta, presentaba gráficos que subían y bajaban como montaña rusa. Los demás consejeros asentían, preguntaban, debatían. Y Don Martín… Don Martín decía lo mismo de siempre:

—Esto me recuerda cuando hicimos la expansión de nuestras tiendas de Monterrey al resto de la república. Gran momento. Gran decisión. Échate ese trompo a la uña.

Nadie sabía qué tenía que ver la república con el nuevo modelo de e-commerce, pero todos sonreían. Porque a Don Martín no se le interrumpe. Don Martín se respeta. Aunque hace años que no aporta nada que no esté en el manual de historia empresarial.

Su currículum era más largo que la fila del SAT en quincena. Había sido director, fundador, mentor, patrocinador y testigo de fusiones. Tenía anécdotas para cada ocasión, aunque todas comenzaban con “cuando yo estaba en un carretón vendiendo telas…” y terminaban con “y así salvamos la empresa con una llamada a Gobernación”.

Lo curioso es que ya nadie recordaba que la empresa había comenzado vendiendo telas por metro. Hoy comercializaba abarrotes y alimentos en grandes superficies. De medir textiles con cinta métrica, pasaron a medir pasillos de supermercado con carrito en mano. Pero Don Martín seguía hilando recuerdos como si aún vendiera encajes, y no embutidos en promoción.

Don Martín no era malo; al contrario, en sus mejores años fue brillante. Era simplemente eterno. Como esas plantas de oficina que nadie riega, pero tampoco mueren. Su presencia era reconfortante, como el cuadro del fundador que cuelga en la sala de juntas: nadie lo mira, pero nadie se atreve a quitarlo.

Y así pasaban los años. Las estrategias cambiaban, los mercados se transformaban, los competidores se multiplicaban. Pero Don Martín seguía ahí, opinando con la misma convicción con la que uno defiende el uso del fax en plena era digital.

Hasta que un martes cualquiera, en medio de una junta particularmente intensa, donde se discutía si la empresa debía entrar al metaverso o al menos entender qué era, Don Martín levantó la mano. Silencio. Expectativa. El director general dejó de respirar.

—Yo creo que deberíamos volver al modelo de negocio de los noventa. Era más humano. Más… entendible y considera lo que nuestras clientas sienten.

Con toda franqueza, Don Martín no supo en ese momento si el metaverso era una nueva marca de galletas.

Alguien joven, nuevo en el consejo, con corbata ajustada y mirada de Excel, se atrevió a preguntar:

—¿Y cómo se relaciona eso con nuestra estrategia digital?

Don Martín lo miró como quien observa a un nieto que pregunta cómo se hacen los bebés. Sonrió. Y por primera vez, dudó.

Esa noche, Don Martín no durmió. Revisó sus carpetas, sus notas, sus frases célebres. Se dio cuenta de que llevaba años diciendo lo mismo. Que su experiencia era muy valiosa, sí, pero también pesada. Como esas maletas que uno insiste en llevar a todos los viajes, aunque ya no se usen.

Pensó en retirarse. Pero ¿cómo hacerlo sin parecer que ya no puede más? ¿Cómo dejar la silla sin que la empresa crea que se está rindiendo? ¿Cómo decir adiós sin que le organicen una comida con pastel de fondant y discursos que nadie quiere escuchar?

Recordó una frase que le dijo un viejo mentor, allá por los años ochenta, cuando los consejos eran más cantinas que órganos colegiados:

—Martín, uno debe irse cuando todavía lo extrañan. No cuando ya preguntan si sigues viniendo.

En la siguiente junta, Don Martín llegó puntual, como siempre. Saludó, como siempre. Se sentó, como siempre. Pero esta vez no habló. Solo escuchó. Y al final, dejó una nota en la mesa del presidente del consejo. Nadie sabe qué decía. Algunos dicen que era su renuncia. Otros, que era una receta de churros españoles.

Lo cierto es que, desde ese día, Don Martín empezó a llegar varios minutos tarde. Y eso, en él, era un cambio radical.

La empresa siguió. Como deben seguir las empresas: sin depender de nadie, pero agradeciendo a todos. Don Martín no volvió a hablar en las juntas, solo hacía comentarios breves o preguntas muy directas y pensadas. Su presencia se volvió más ligera. Como si ya estuviera en otra parte. Como si ya se hubiera ido, pero sin hacer ruido.

Algunos dicen que lo vieron en una cafetería, escribiendo en una libreta. Otros, que ahora da clases de ética empresarial en una universidad donde se valora muchísimo el conocimiento de las viejas glorias, para jóvenes inexpertos y sedientos de no cometer errores desde el primer día. (No hay muchos de esos, pero los pocos que existen suelen ser quienes, con sus propios recursos, se pagan la maestría o los becan por su potencial en la empresa donde trabajan, y dejan de ser una carga para papi).

Lo cierto es que Don Martín entendió algo que pocos comprenden: que retirarse con dignidad es también una de las más contundentes formas de liderazgo y legado perenne.

Y así, sin aspavientos, gaitas ni mariachi, Don Martín se fue. O casi. Porque en el mundo corporativo las salidas nunca son tan simples… ni tan silenciosas.

¿Se irá por completo Don Martín? ¿Entregará su silla de cuero? ¿Dejará que otros tomen el timón sin su bendición? Eso lo sabremos en el próximo número. Porque hay decisiones que se toman con la cabeza, otras con el corazón… y algunas, como esta, con mano izquierda.

Por ello, nuestro siguiente paso es explorar el relevo generacional en los consejos: el perfil del nuevo tipo de consejero que llega sin corbata, pero con visión estratégica.

Compartir en:​