Por Ángel Tomás Lázaro
De nuestro planeta se pueden decir muchas cosas: es nuestro hogar y el de incontables seres vivos. Asombrosamente, hemos tenido la capacidad de convertirlo en una gigantesca caja de música dentro del sistema solar. A la vez que va rotando y se suceden los días, las noches y las estaciones, interpretamos música continuamente. Del mismo modo, todos los lugares que ocupamos los habitamos con la magia de la música. Tal es así que el ser humano ha sido calificado como homo musicalis, y de la Tierra podría decirse casi lo mismo: planeta cum musica. El Antropoceno contiene un rasgo musical muy marcado. A veces, esta sobreabundancia musical se convierte en un serio problema. Pero tan especial es para nosotros que la hemos mandado al cosmos insondable. Tiempo, espacio y música se interrelacionan en varios niveles. ¿Qué es, en realidad, lo que se ha enviado? ¿No es nuestra esencia más auténtica, no es la articulación de un inexplicable mediante sonidos que nos conecta con lo íntimo del cosmos?
El 31 de mayo de este año, desde Ávila, se lanzó El Danubio Azul, de Strauss, interpretado en directo por la Wiener Symphoniker, como una onda electromagnética. A la velocidad de la luz, la señal llegó a Neptuno en unas cuatro horas y al límite de la influencia del Sol, frontera de la heliosfera, en diecisiete; tardó casi un día, veintitrés horas, en llegar a la Voyager 1, que ha tardado 48 años en alcanzar ese punto, a unos 25.000 millones de kilómetros de nuestro planeta azul. Rebasó esa distancia y aún continúa adentrándose en el espacio profundo. El director de la Agencia Espacial Europea (ESA), Josef Aschbacher, declaró: ‘La música nos conecta a todos a través del tiempo y el espacio de una manera muy particular. La Agencia Espacial Europea se complace en compartir escenario con J. Strauss II y abrir la imaginación de los futuros científicos y exploradores espaciales que algún día podrán viajar al son del himno del espacio’.
Este evento supone una feliz confluencia de ciencia y arte. En la declaración de Aschbacher encontramos varios elementos en los que nos podemos detener: ¿cuál es esa manera ‘muy particular’ de la música para conectarnos a todos a través del tiempo y del espacio? ¿O en qué consiste ‘abrir la imaginación’ de los exploradores que viajarán al son del himno del espacio?
Ha sido un largo proceso descifrar cómo el oído capta las ondas y las trasforma en impulsos eléctricos que el cerebro interpreta. En su libro El cerebro musical. Un viaje a través de notas y neuronas, Michel Rochon recoge este interesante desarrollo. La neurociencia está asombrada por la manera en que la música incide en el cerebro y cómo somos afectados por ella. Se ha observado que la música puede provocar una sensación tan fuerte que repercute en nuestra biología, con un aumento del ritmo cardiaco o afectando a la respiración y la sudoración. Lo atestiguan investigaciones como las del profesor Robert Zatorre y su alumna Anne Blood. Este neurocientífico también constata que la música toca todas las funciones cognitivas. Especifica que el cerebro, para descodificar la música, emplea dos procesos simultáneos, en los que están implicados el córtex, que se ocupa de la dimensión física, y el sistema límbico, que se ocupa de la dimensión emocional.
Todo esto es fascinante a nivel científico, pero lo que implica a nivel vital no lo es menos. Aquí nos topamos con dos cuestiones claves: ¿qué es la vida y qué es la consciencia? La ciencia sigue buscando respuestas para ambas. Pero, al tener en cuenta a la consciencia, debemos considerar el mundo interior del ser humano. ¿Qué le ocurre a nuestro ser cuando se relaciona con la música? Porque, del mismo modo que lanzamos la música al exterior, también la proyectamos hacia el espacio interior. Se ha convertido en una imagen habitual encontrar personas con distintos tipos de auriculares escuchando música en cualquier tiempo y lugar. La música viaja a nuestro propio centro, hacia nuestros fundamentos. En este punto surgen otras dos preguntas: ¿siempre accede a él? y ¿cualquier música tiene el potencial de lógralo?
El filósofo Josef Pieper incide en que la música provoca el interés continuo de los filósofos porque se encuentra al lado de los fundamentos de la existencia humana. Su pregunta fundamental es: ¿qué es lo que, en realidad, percibimos cuando escuchamos música? Para él, es evidente que percibimos algo más y algo diverso que los propios sonidos producidos por los instrumentos. Reconoce, en su libro Sólo quien ama canta, que siempre que estemos en presencia de música auténtica y significativa y nos acerquemos a ella desde una escucha adecuada, se percibe un significado adicional, sumamente íntimo. Tenemos entonces apuntadas las respuestas básicas a nuestras preguntas: se necesita, por un lado, disponer de ‘música auténtica’, portadora de una expresividad genuina, con una sincera visión reveladora que posea la capacidad de conectar profundamente con la audiencia (y este es, para muchos, el papel de la denominada música clásica); y, por otro lado, practicar ‘una escucha auténtica’, que es la que nos permite adentrarnos en el territorio de su algo más. Según sus palabras: ‘La música expresa el dinamismo interior del hombre, el cual es la materia prima de la música (por así decirlo), compartiendo ambos una característica particular: los dos discurren en el tiempo. Para los seres humanos ‘ser’, significaría ‘ser caminante’, pues intrínsecamente es un peregrino de su autorrealización: el hombre ‘es’ en la medida en que ‘llega a ser’. Defiende que la música es capaz de abrir un sendero en el reino del silencio y que revela el alma humana en su extrema desnudez, de modo que el oyente es interpelado y desafiado a este nivel profundo, donde acontece su autorrealización. Nuestro mundo interior y el de la música están conectados; la música es una compañera excepcional en nuestro viaje existencial de llegar a ser.
El tiempo se vuelve espacio emocional, o incluso espacio de conocimiento, cuando decidimos practicar una escucha con la consciencia activa, y propiciamos un tiempo de calidad estando totalmente presentes a lo largo de toda la escucha. Una escucha de calidad es clave en nuestra exploración. Para ello, el silencio es imprescindible; solo ante el silencio podemos escuchar verdaderamente a la música y presenciar nuestras reacciones en ese devenir de nuestro ser conjugado con el devenir de los sonidos. Cuando la música y el mundo interno interactúan, nos damos cuenta de que la música ofrece respuestas a la búsqueda de sentido. Si nos convertimos en exploradores espaciales musicales —en lo que podríamos llamar ‘melonautas’— y abrimos nuestra imaginación para viajar por el inconmensurable espacio interior de la música, nos convertimos simultáneamente en exploradores de nuestro vasto mundo interior. El oyente consciente es un oyente aventurero, un privilegiado por excelencia, que accede al núcleo de lo que se ha denominado saber perenne. En el centro de la música descubrimos nuestro propio centro. Este tipo especial de oyente se dirige a ese punto que el pintor Paul Klee denominó ‘corazón de la creación’: allí donde el órgano central de todo movimiento temporal-espacial —llámese cerebro o corazón de la creación— origina todas las funciones. La persona que se entrega a tal escucha es la que puede habitar la música y, a la vez, dejarse habitar por ella.
La memoria juega un papel principal en el proceso de la escucha. Leemos en «Mademoiselle». Conversaciones con Nadia Boulanger que esta compositora, pianista y destacada profesora reconoce que, al leer o escuchar música, si no recordamos las notas ya escuchadas o leídas y si no presentimos las siguientes, estamos leyendo caracteres aislados que carecen de sentido. Sería la memoria la que ayuda a desentrañar lo que la música nos quiere comunicar al aglutinar el conjunto. Comprobamos que, mediante la memoria, la música deja de ser una sucesión temporal para convertirse en una forma espacial: el antes, el ahora y el después se superponen, y por acción de la memoria los parajes transitados descubren la panorámica global del paisaje. También las diversas emociones que hemos registrado nos pueden hacer vislumbrar, más al completo, al ser que se ha agitado con ellas en su extrema desnudez. De este modo la consciencia del oyente percibe ese algo más, que se oculta en los sonidos. Según Pieper: ‘quizá la música no sea más que un secreto filosofar del alma, un exercitium metaphysice occultum’.
Esta característica ‘espacial’ de la música ya la reconoció Mozart en una carta en la que habla sobre cómo acontece su proceso creativo: ‘y toda la obra, aunque esta sea larga, resulta casi lista en mi mente, de tal manera que la abarco en un solo momento como a un hermoso cuadro o a una bella persona, y la escucho en mi imaginación no sucesivamente como esta debe expresarse después, sino inmediatamente, como si fuera en su totalidad’. Igualmente, Mahler remarca, en una carta a Max Marschalk, que necesita el acceso a un ‘otro’ mundo que integre tiempo y lugar para empezar a componer y dar forma a una experiencia interior de una manera musical: ‘La necesidad de expresarse musicalmente, sinfónicamente, no comienza sino con las emociones nebulosas que se abren al otro mundo, al mundo en que las cosas ya no están separadas por el tiempo y el lugar’. Mahler le escribió a su esposa sobre su deseo de conducirla mediante la música a esas regiones en las que atisbamos la eternidad y lo divino. El compositor se convierte, desde esta perspectiva, en un facilitador de conexiones entre mundos —el ordinario y el transcendente—, en un articulador de conexiones espaciales y temporales. Gurnemanz, en el primer acto de la ópera de Wagner Parsifal, le revela al protagonista, en relación a la celebración del Grial, que el tiempo se hace espacio, como si lo sucesivo adquiriese una dimensión global y pudiera experimentarse de un modo más contemplativo, como si abriese una dimensión desde la que vislumbrar la eternidad. ¿Abre la música esta puerta?
El musicólogo, médico y psicoanalista Arnoldo Liberman escribe, en su obra En los márgenes de la música, que es el artista quien, desde ‘el otro lado del abismo’, puede ofrecernos nuestra justificación: ‘Si Bach no hubiera hablado con Dios, yo no tendría puente para transitar con alguna ilusión perdurable. Y cuando digo Bach, digo Mahler o Mozart. Digo, el artista. Ese personaje capaz de salvar el abismo con mayor frecuencia que nuestra obstinada requisa y que, desde más allá, desde ese otro mundo del otro lado del abismo, nos regala nuestra propia justificación’.
La ciencia ha encontrado que disponemos de un nuevo sentido: la ecolocalización, habilidad utilizada por animales para orientarse en la oscuridad. El cerebro, al no recibir información visual, reorganiza sus recursos y aprende a convertir los sonidos en mapas espaciales. Sucede como si lograrse ‘ver’ con los oídos. Me pregunto si internamente disponemos de un sentido similar para orientarnos cuando escuchamos una sinfonía o un concierto que nos construya mapas espaciales de la música. Lo cierto es que Musicosophia, la Escuela Internacional para la Formación del Oyente, cuenta con una metodología que enseña cómo construir esos mapas musicales y que facilita al ‘melonauta’ adentrarse y explorar las vastas profundidades de la música.
Violeta Hemsy de Gainza, pianista, pedagoga musical y psicóloga social, decía que a través de la escucha la música introyecta en el oyente una energía global, induciendo una diversidad de respuestas que nos dota de ‘un mundo sonoro interno’: ‘Además de funcionar como un factor energizante, la música (que también es materia sonora) impregna, alimenta y deja huellas concretas de su contacto y acción sobre la persona. Los sonidos provenientes del entorno y los emergentes de la experiencia musical del sujeto son internalizados, pasando a integrar el archivo que hemos dado en llamar MUNDO SONORO INTERNO’. Este mundo sonoro interno sería de gran relevancia a la hora de construirnos internamente. Pero, de modo equívoco, pensamos que la música es propiedad de los músicos. Esta autora defiende que deberíamos empezar a considerar nuestro mundo sonoro interno como algo propio, algo que nos pertenece, y dejar de pensar en la música como propiedad exclusiva de los músicos: ‘Existe una cantidad de personas a quienes otorgamos la condición de ‘músicos’ a pesar de que su mundo sonoro interno es, de lejos, menos rico e interesante que el de otros que se autodescalifican musicalmente solo por carecer de estudios académicos’. Recordemos que, si bien todo individuo mantiene un vínculo personal con la música (es dueño de ciertas músicas, de ciertos sonidos), muchos no se dan a sí mismos el permiso de indagar en su interior, de movilizar suficientemente los sonidos y la música que integran su propio mundo sonoro. Concedámonos la oportunidad de abordar nuestro mundo sonoro.
Aquí entra en juego el arte del conocimiento de sí mismo. Aldous Huxley defiende, en su libro La filosofía perenne, que sin este conocimiento no puede haber verdadera humanidad y que la ignorancia de sí mismo acarrea una serie de importantes problemas.
Pero el mundo interno y el externo no son compartimentos estancos. Si el ser y la música se relacionan, también la vida se ve afectada. ‘Sin música, la vida perdería una gran parte de su nobleza y de su grandeza’, nos dice Constant Piron. Para Pieper, igual que para Platón, es importante reconocer la íntima relación entre la música que se compone y se escucha en una sociedad determinada y el estado interior existencial de dicha sociedad.
Joseph Campbell, en Las extensiones interiores del espacio exterior, considera que el espacio es nuestro gran ancestro y reconoce una conexión entre lo interior y lo exterior: ‘En ese momento se me ocurrió que el propio espacio exterior está en nuestro interior, de la misma manera que están las leyes que lo gobiernan. El espacio exterior y el interior son una misma cosa’. La música, desde el interior de cada uno, emerge hacia el interior de cada sociedad. La ‘música nuclear’ ha generado un ‘artefacto musical’ con un enorme poder constructivo a nivel individual y social. Hay una sinfonía, que desde que se lanzó, no ha parado de sonar e instar a la hermandad de todos los pueblos. Se puede escuchar en Europa, en Asia, en América, en África, en Oceanía. Has adivinado: se trata de la Novena de Beethoven. Convoca a un gran abrazo universal desde la grandeza individual.
Gary Lachman observa, en su libro El conocimiento perdido de la imaginación, que desde el siglo XVII se ha ido produciendo un despojamiento de la ‘interioridad’ del universo, y también de la nuestra propia. Esto fue necesario, en principio, para que se afianzara la nueva vía de conocimiento científico, que apostó por un tipo de conocimiento ‘cuantitativo’. Pero traía consigo una trampa, ya que impulsaba el destierro del ‘conocimiento intuitivo’, y con él, de todo aquello donde este tipo de mente hallaba el valor y el significado del mundo: ‘Ese otro tipo de mente es el esprit de finesse, el enfoque intuitivo, la “llave maestra” de Jünger, el vistazo que lo asimila todo de golpe, de una vez, y no fragmento a fragmento’. Este tipo de conocimiento intuitivo englobaría valores como la belleza, la libertad y el amor, importantes más allá de lo puramente funcional y cuya relevancia radicaría en sí mismos, pues son los que otorgan significado a la vida y por los que merece la pena vivir. Sería preciso contar con un conocimiento de este tipo para adentrarse en la música, ya que esta, esencialmente conlleva dinámicas internas.
En Chandogya Upanishad, ‘texto sagrado de la canción y el sacrificio’, uno de los Upanishad del hinduismo, nos encontramos con un personaje que representa al buscador de conocimiento, Shvetaketu. A él, su padre le formula la siguiente pregunta: ‘¿has buscado el conocimiento por el cual oímos lo inaudible y por el cual percibimos lo que no puede percibirse y sabemos lo que no puede saberse?’. Ese es precisamente el conocimiento que encontramos en la música: si nuestra escucha es la adecuada, oímos lo inaudible, percibimos lo que no puede percibirse y sabemos lo que no puede saberse. Ese es el preciado tesoro que la música clásica auténtica alberga en su centro y que puede brindar a las personas que decidan aventurarse en su exploración. Va destinado, más que a nadie, al oyente auténtico.
En la música tiene lugar la confluencia armoniosa del ser humano, de nuestra realidad interior y del universo: la realidad profunda del mundo. Desafortunadamente, a pesar de que la música nos ofrece un conocimiento esencial, nosotros la hemos puesto en el cajón de los entretenimientos. Tenemos la posibilidad de restituir su valor. Celibidache, en una entrevista, cuenta que cuando aborda una sinfonía la estudia hasta que logra sentir la relación entre el final y el principio: ‘La siento, la vivo, la hago mía. La hago mía en un sentido más profundo del que puede alcanzar el compositor’. El oyente podría decir lo mismo, si se entrega a una verdadera exploración. Aceptemos el reto de averiguar lo que la música puede revelarnos; destilemos la sustancia intangible que contiene capaz de producir la metamorfosis que el ser humano y nuestra sociedad necesita para llegar a ser mejor. ¡Vivamos la música conscientemente!