Por Arturo Ramírez
Ciudad de México.- Sentarse a cenar en familia puede ser un factor clave para reducir el consumo de alcohol, cigarrillos electrónicos y cannabis entre adolescentes. Así lo sugiere una investigación realizada por especialistas de la Tufts University School of Medicine en Estados Unidos, que analizó la relación entre las comidas familiares y las conductas de riesgo durante la adolescencia.
El estudio, publicado en la revista científica Journal of Aggression, Maltreatment & Trauma, examinó datos de una encuesta en línea aplicada a 2 mil 090 adolescentes de entre 12 y 17 años y a sus padres, con el objetivo de conocer cómo la dinámica familiar durante la cena influye en el bienestar de los jóvenes.
¿Por qué cenar en familia puede influir en las decisiones de los adolescentes?
Los investigadores evaluaron diversos aspectos de las comidas familiares: el nivel de disfrute durante la cena, la comunicación entre los miembros del hogar, el uso de dispositivos electrónicos en la mesa y el grado de organización de las comidas.
Además, analizaron si los adolescentes habían consumido alcohol, cigarrillos electrónicos o cannabis durante los seis meses previos a la encuesta.
Los resultados mostraron una tendencia clara. Los jóvenes que reportaron cenas familiares de mayor calidad presentaron entre 22 por ciento y 34 por ciento menos prevalencia de consumo de sustancias, siempre que no hubieran experimentado adversidades significativas durante la infancia.
La autora principal del estudio, Margie Skeer, profesora del Departamento de Salud Pública y Medicina Comunitaria de la Tufts University School of Medicine, explicó el valor de este hábito cotidiano.
“Nuestros hallazgos respaldan la importancia de las comidas familiares como una práctica accesible que puede ayudar a reducir conductas de riesgo entre los adolescentes”, señaló Skeer en la publicación del estudio difundida por la revista Journal of Aggression, Maltreatment & Trauma.
La calidad de la conversación en la mesa marca la diferencia
La investigación destaca que no solo importa la frecuencia con la que la familia se reúne a comer, sino la calidad de la interacción que ocurre durante ese momento.
Factores como conversar, evitar distracciones tecnológicas y generar un ambiente agradable durante la comida fueron elementos asociados con mejores resultados.
Según el análisis estadístico del estudio, los adolescentes que calificaron positivamente sus cenas familiares mostraron menores niveles de consumo de sustancias cuando sus experiencias adversas durante la infancia eran inexistentes o moderadas.
En ese sentido, la investigadora subrayó que el valor de la comida compartida no depende de condiciones especiales.
“No se trata del tipo de comida, del lugar o del horario; lo importante es el espacio de comunicación que se crea cuando la familia se sienta junta”, afirmó Skeer.
Los especialistas consideran que ese espacio cotidiano puede facilitar la supervisión parental, fortalecer la confianza entre padres e hijos y permitir que los jóvenes hablen sobre situaciones que enfrentan en la escuela o con sus amigos.
Cuando existen experiencias adversas en la infancia
El estudio también analizó el impacto de las experiencias adversas durante la infancia, como conflictos familiares graves, violencia o estrés prolongado.
Para ello, los investigadores elaboraron una puntuación ponderada que evaluó la intensidad de estos factores y su relación con el consumo de sustancias.
Los resultados mostraron que la protección asociada a las cenas familiares disminuye cuando los adolescentes han vivido múltiples experiencias traumáticas.
En el caso de jóvenes que acumulan cuatro o más factores adversos, la influencia positiva de las comidas familiares se vuelve más limitada.
De acuerdo con el estudio, este grupo representa casi uno de cada cinco estudiantes de secundaria menores de 18 años en Estados Unidos.
Ante ese escenario, los autores señalan que las cenas en familia pueden seguir siendo un espacio positivo, pero no sustituyen otras formas de apoyo.
“Los adolescentes que han experimentado altos niveles de adversidad pueden necesitar intervenciones adicionales, como apoyo psicológico o programas familiares más especializados”, indica el equipo investigador.
Un hábito cotidiano con impacto en la salud familiar
Los investigadores subrayan que compartir tiempo en la mesa puede convertirse en una oportunidad para fortalecer los vínculos familiares y mejorar la comunicación con los adolescentes.
Aunque el estudio se centró en población estadounidense, los especialistas consideran que los resultados abren la puerta a nuevas investigaciones sobre cómo las rutinas familiares influyen en la prevención de conductas de riesgo en jóvenes.
El equipo científico también propone analizar si otras prácticas cotidianas de convivencia familiar pueden tener efectos similares en el bienestar emocional y social de los adolescentes.