Por Jesús Padilla Zenteno, Presidente de Grupo CISA
Hay ciudades que resuelven sus problemas construyendo más vialidades. Otras incorporan nuevas tecnologías o renuevan sus flotas. Todo ello es necesario. Pero, de vez en cuando, aparece la confianza, como una experiencia que nos recuerda que la movilidad también puede transformarse desde un lugar mucho más profundo.
En septiembre de 2022, Bogotá puso en marcha La Rolita, una empresa pública de transporte que hizo dos apuestas al mismo tiempo: una flota 100% eléctrica y la incorporación de mujeres como operadoras. Con ello demostró que la modernización del transporte no sólo depende de la tecnología, sino también de las personas y de las oportunidades que una ciudad decide crear.
La historia comenzó donde casi todas las grandes transformaciones empiezan: frente a un problema que nadie quería asumir. Ninguna empresa privada quiso operar las rutas de Ciudad Bolívar, la geografía era complicada, los costos elevados y la rentabilidad incierta. Parecía un proyecto condenado antes de empezar.
Entonces ocurrió algo que cambió la conversación. En lugar de preguntarse cómo hacer rentable una operación difícil, las autoridades buscaron cómo hacer más fuerte a una comunidad históricamente relegada. La respuesta fue tan audaz como sencilla: formar mujeres de la propia comunidad para conducir los autobuses.
No buscaban únicamente nuevas conductoras, sino nuevas posibilidades. Los resultados fueron empleos para mujeres que nunca habían imaginado trabajar en el transporte, reducción de emisiones gracias a una flota eléctrica y la recuperación ambiental, un modelo que hoy inspira a otras ciudades de América Latina.
Sin embargo, en la actualidad, el mayor logro de La Rolita fue demostrar que el transporte puede dejar de ser un servicio anónimo para convertirse en un espacio de encuentro entre una ciudad y quienes la habitan. Esa es la idea que comienza a tomar forma en Xochimilco, donde Grupo CISA impulsa un programa para formar mujeres de la propia comunidad como operadoras del transporte público, a través del Corredor Zonal Xochimilco (ZOXO), un proyecto clave para la movilidad del sureste de la Ciudad de México.
Este corredor de transporte atiende la demanda de transporte de una de las alcaldías con mayor riqueza cultural y ambiental de la capital, al conectar a miles de habitantes de sus pueblos originarios y zonas urbanas con un servicio moderno, seguro y eficiente. Su puesta en marcha sustituyó microbuses obsoletos por unidades de última generación, operadas por una empresa profesionalizada comprometida con la calidad del servicio.
El desafío es distinto y la realidad también, pero la iniciativa parte de entender que la movilidad no sólo consiste en trasladar personas de un punto a otro, sino en fortalecer los vínculos que hacen posible la vida comunitaria, no se trata de una apuesta simbólica, tiene también un sentido económico.
El Instituto Mexicano para la Competitividad estima que, si México lograra incorporar a más mujeres a la actividad económica hasta alcanzar los niveles promedio de la OCDE, el país podría generar 6.9 billones de pesos adicionales durante la próxima década. No hablamos únicamente de igualdad; hablamos de crecimiento, productividad y desarrollo para millones de familias.
Cada mujer que encuentra una oportunidad laboral fortalece su hogar, su comunidad y también la economía del país. En realidad, lo importante no es quién ocupa el volante, sino lo que ese volante representa: independencia económica para una mujer, estabilidad para una familia, confianza para los usuarios y esperanza para una comunidad que vuelve a verse reflejada en su transporte.
El transporte público puede convertirse en una de esas puertas de entrada. Durante décadas fue un espacio reservado casi exclusivamente para hombres. Hoy sabemos que abrirlo al talento de más mujeres significa incorporar nuevas capacidades, mejorar el servicio y demostrar que la movilidad también puede ser una herramienta de inclusión social.
Representa una oportunidad para que una joven que acudió a una feria de empleo descubra una profesión que nunca imaginó ejercer, que una madre encuentre una nueva forma de sostener a su familia, y también que los usuarios vuelvan a reconocer en quien conduce la unidad, a alguien que conoce y comparte sus colonias, barrios y pueblos, sus calles y su historia.
Porque, al final, las ciudades no se sostienen únicamente con infraestructura, sino con confianza. Y quizá ahí resida la enseñanza más valiosa de esta experiencia. Cuando el transporte recupera un rostro de comunidad, deja de ser únicamente movilidad para convertirse en desarrollo económico, cohesión social y sentido de pertenencia.
Lo que estamos viviendo actualmente en la Ciudad de México es un crecimiento acelerado del parque vehicular —especialmente de motocicletas—, porque, según los especialistas, una parte de la población busca alternativas distintas al transporte masivo. No obstante, atribuir esa tendencia únicamente al aumento de automóviles sería simplificar un fenómeno mucho más complejo, donde también influyen la cobertura del sistema, los tiempos de viaje y la expansión de la ciudad.
No se trata solamente de una transformación de la movilidad, sino de la manera en que convivimos. Porque cuando cada persona resuelve el viaje por su cuenta, también se debilitan esos pequeños vínculos cotidianos que durante décadas hicieron del transporte público uno de los pocos espacios donde todavía era posible reconocernos como parte de una misma comunidad.
Quizá por eso iniciativas como la que hoy impulsa Grupo CISA adquieren un significado que va mucho más allá de formar nuevas operadoras. En una época en que la competencia ya no se libra únicamente por reducir tiempos de traslado, el reto consiste en recuperar la confianza de quienes han dejado de creer que viajar juntos también puede ser una buena experiencia.
¿Puede el transporte público volver a convertirse en uno de los pocos lugares donde todavía aprendemos a convivir con desconocidos? Me gusta pensar que sí. Porque, al final, una ciudad no se transforma únicamente cuando mueve mejor a sus habitantes, sino cuando consigue que vuelvan a sentirse parte de ella. Y quizá ese sea el viaje más importante que tenemos por delante.
Durante años pensamos que modernizar el transporte significaba comprar mejores autobuses o incorporar nuevas tecnologías. Claro que eso importa. Pero hoy entiendo que la verdadera modernización comienza cuando recuperamos la confianza entre las personas. Una ciudad se vuelve más fuerte cuando quienes la conducen conocen sus calles, saludan a sus vecinos y sienten que ese trabajo también transforma su propia vida.
Si logramos que más mujeres encuentren en el transporte una oportunidad para crecer, estaremos haciendo mucho más que formar nuevas operadoras. Estaremos fortaleciendo familias, generando desarrollo económico y reconstruyendo el tejido comunitario. Porque el transporte público nunca ha sido solamente un medio para llegar de un lugar a otro. Es el lugar donde una ciudad aprende, todos los días, a volver a encontrarse consigo misma.