Los resultados de la última prueba Aprender volvieron a poner el foco sobre las serias dificultades de comprensión lectora. Ante este panorama, hay proyectos escolares que están logrando conectar a sus alumnos con el placer de leer
Por Alfredo Dillon
Un estudiante totalmente abstraído de la vorágine escolar, inmerso en la poesía de Mario Benedetti. Otro que, en plena tormenta, sale al patio para grabar su podcast literario y aprovechar la lluvia como fondo sonoro para el poema que quiere leer. Una alumna de secundaria que llega un día con los libros de su infancia para donarlos a los chicos de primaria. Jóvenes de distintos cursos persiguiendo a una profesora en el pasillo para pedirle libros. Un alumno emocionado por la aparición de un ejemplar nuevo en la biblioteca. Otra que arma guirnaldas para atraer a más lectores.
Estas imágenes condensan el impacto de un proyecto escolar que busca acercar la lectura a los estudiantes, en tiempos de “crisis” de la comprensión lectora. Laura Bonomí, profesora de Literatura de 4° año en la Escuela Secundaria N°11 de Guernica, provincia de Buenos Aires, es la responsable de “Biblioteca al paso”, una iniciativa que surgió de la necesidad de crear un espacio de encuentro de los alumnos con la literatura, con un formato que les permitiera adaptarse al espacio disponible: esta secundaria funcionaba en aulas “prestadas” de una escuela primaria, sin salones suficientes para la matrícula ni lugares de esparcimiento. Tampoco contaba con un cargo de bibliotecario.
La propuesta acaba de ser reconocida con una mención en los Premios Vivalectura, que buscan promover la lectura en distintos espacios educativos y sociales. “Las bibliotecas al paso son instalaciones en distintos lugares públicos, y tienen un espíritu colaborativo y circular: los lectores se llevan un libro y dejan otro. El formato de cada biblioteca varía según el espacio en el que se instale. La nuestra en un principio era una pequeña estantería en un rinconcito, y a medida que otras personas de la comunidad nos acercaban más donaciones, comenzó a agregar cajas, cajones, sillas, mesitas. Se armó con lo que teníamos y no paró de crecer”, cuenta Bonomí a Infobae.
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En un ensayo muy citado, la escritora Graciela Montes afirma que la escuela es “la gran ocasión” para que todos los ciudadanos se encuentren con la lectura. ¿Cómo se resuelve la “crisis” que parecen sugerir los resultados de las evaluaciones de comprensión lectora? ¿Qué están haciendo las escuelas que logran conectar a los chicos con el placer de la lectura? Las profesoras consultadas por Infobae mencionan algunos elementos imprescindibles para que ese encuentro suceda: presencia de libros en la escuela, mediación activa de los docentes, protagonismo de los estudiantes, apertura a la comunidad.
“Una parte importante del proyecto es que los estudiantes se convirtieron en promotores de lectura para el resto de la escuela. Los libros solos en un estante no garantizan el acceso a la lectura: necesitamos de la mediación de un otro que, amorosamente, nos acerque ese texto, lo abra para que podamos ingresar en el mundo que propone”, explica Bonomí. Esa tarea requirió de distintas actividades, como las “mesas de recomendaciones literarias” que se instalaban en los recreos, con una selección de libros acompañados por reseñas escritas por los estudiantes. También organizaron “jornadas de juegos poéticos” coordinadas por los propios alumnos.
Esas propuestas potenciaron la circulación de los libros: en un año, la “biblioteca al paso” brindó más de 200 préstamos para que estudiantes, docentes, auxiliares y familiares se llevaran textos a su casa. Además de promotores, los estudiantes asumieron el rol de bibliotecarios, divulgadores y críticos.
En la Escuela de Comercio N° 1 “Gral. Belgrano”, de San Miguel de Tucumán, el trabajo con la lectura también se basa en el rol activo de los estudiantes y en la conexión con la comunidad. El proyecto “Con nuestra propia voz”, creado en 2017 por la profesora de Lengua y Literatura Lucía Gandur, incentiva la lectura de autores tucumanos en la currícula, para fortalecer el conocimiento de la cultura propia y afianzar la construcción de la identidad en plena adolescencia. El resultado del trabajo de todo el año concluye en una revista impresa y digital que se publica en el repositorio de literatura tucumana del Instituto de Investigaciones sobre el Lenguaje y la Cultura (Invelec), dependiente del Conicet y la Universidad Nacional de Tucumán.
El proyecto “Con nuestra propia voz” recibió el primer puesto en la categoría Escuelas del Premio Vivalectura, organizado desde hace 18 años por la Fundación Santillana junto con la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) y la Secretaría de Educación de la Nación. Gandur, dedicada ahora a la formación docente, repasa las inquietudes que dieron origen a la iniciativa: “Dos preguntas nos movilizaron: ¿cuáles son los textos y autores que habitan nuestras aulas? ¿Dónde están los autores de literatura de nuestra provincia cuando elegimos qué leer? Y esas preguntas nos plantearon otras: ¿qué hacemos con los escritos descarnados, profundos, originales o desopilantes que nuestros alumnos producen? ¿Adónde van esas palabras tan necesarias?”.
La propuesta sigue funcionando después de 8 años e involucra a todos los estudiantes de secundaria, de primer a sexto año, para generar comunidades de lectores. “Ellos cambiaron, primero, su manera de habitar la escuela, su otra casa, como protagonistas de lo que allí sucedía”, cuenta Gandur a Infobae. El encuentro con la lectura y la escritura favoreció que se volvieran “dueños de una mirada y de una forma de nombrarse a sí mismos y al mundo, transformados en escritores, leídos por sus compañeros de otros cursos e incluso por otros desconocidos a través de la publicación digital en las páginas del Invelec”. En esas revistas quedan expuestas “las voces de una generación, sus problemáticas, sus rebeldías y su sensibilidad”, señala la docente.
Los estudiantes también son protagonistas en el proyecto “Cuéntame otra vez”, impulsado por la profesora María Guadalupe Dozo en las escuelas secundarias Nº 18 y Nº 3 de Tristán Suárez, provincia de Buenos Aires. Allí la evaluación integradora de Literatura les propone a los alumnos de sexto año un desafío: visitar en grupo jardines de infantes y escuelas primarias de la zona para narrar cuentos a los chicos más pequeños, utilizando la técnica japonesa del kamishibai (teatro de papel). La iniciativa obtuvo el segundo puesto en los premios Vivalectura.
“El proyecto redefinió los roles en el aula. Yo me transformé en guía y facilitadora de recursos, mientras que ellos pusieron todo el cuerpo para concretarlo: mente y ojos para leer y seleccionar textos acordes, manos para la confección de los kamishibai que emplearían para llevar adelante la propuesta, sus manos también para dibujar e ilustrar, su voz para leer y narrar”, cuenta Dozo a Infobae.
Además del rol central de los alumnos, la propuesta requiere una articulación con otras instituciones educativas. “La fecha consensuada entre las instituciones es un día muy especial: partimos en caravana y llegamos a la escuela o jardín que nos esperan cada año con más ilusión. Directivos y preceptores nos van indicando a qué salones ingresar y, una vez que se cierra la puerta, son mis estudiantes, que tanto se han preparado, quienes transforman una instancia evaluativa en un momento mágico”, explica Dozo.
Para sus alumnos, que cursan el último año de la secundaria, esa escena de lectura compartida implica regresar a un lugar conocido –el jardín o la primaria–, y es también una forma de empezar a despedirse de la escuela: “Primero se presentan y les cuentan a los niños por qué están ahí: para darles un regalo de despedida, porque ellos pronto finalizarán su paso por la escuela y quieren hacerlo de esta manera, compartiendo un momento de lectura con ellos y con ese niño que los casi egresados también fueron”.
Los estudiantes se sobreponen a la vergüenza inicial y salen sorprendidos por la respuesta de los más chicos. En jardín, muchas veces los niños se levantan de la ronda para ir a abrazarlos y agradecerles, relata Dozo. En la primaria, al final siempre hay aplausos y conversaciones.
“Al terminar la actividad, mis estudiantes no hacen más que contarme y contar a todo el grupo lo que sintieron, la emoción por estar en un rol que no era el de ellos, las sensaciones al observar los rostros y comentarios de los niños. Incluso los estudiantes dentro del espectro autista han podido participar desde sus habilidades artísticas, y no pocos han expresado su inquietud por la carrera docente como proyecto de vida”, repasa la profesora Dozo. Sobre esto último, reconoce: “Es una de las cosas que más me conmueven”.