Durante muchos años, la seguridad fue considerada una función meramente operativa dentro de las organizaciones. Se le veía como el área encargada de proteger instalaciones, controlar accesos o responder ante incidentes. Sin embargo, el mundo cambió y, con él, la naturaleza de los riesgos que enfrentan las empresas.

Hoy, un ciberataque puede detener una operación global en cuestión de horas; una extorsión puede comprometer la continuidad de una empresa; una crisis reputacional puede destruir, en pocos días, la confianza construida durante décadas. Asimismo, un conflicto social, un desastre natural o una interrupción en la cadena de suministro pueden poner en riesgo la viabilidad de cualquier organización.

Frente a este nuevo entorno, la seguridad dejó de ser un asunto exclusivamente operativo para convertirse en un tema estratégico de gobierno corporativo.

Los Consejos de Administración ya no tienen únicamente la responsabilidad de supervisar los resultados financieros. También deben garantizar que las organizaciones gestionen adecuadamente sus riesgos, fortalezcan su resiliencia y protejan los intereses de colaboradores, clientes, inversionistas y de la sociedad en su conjunto.

Las mejores prácticas internacionales coinciden en que un gobierno corporativo sólido debe asegurar que la gestión integral de riesgos forme parte de la estrategia empresarial. Y hablar de gestión de riesgos es, necesariamente, hablar de seguridad.

No se trata únicamente de prevenir pérdidas materiales. Se trata de garantizar la continuidad del negocio.

Las empresas que lograron superar las grandes crisis de los últimos años no fueron necesariamente las más grandes ni las más rentables, sino aquellas que desarrollaron la capacidad de anticipar riesgos, tomar decisiones oportunas y recuperarse con rapidez.

Esa resiliencia se construye desde el más alto nivel de la organización.

En este contexto, también debe evolucionar el papel de la seguridad privada.

Durante décadas, muchas empresas contrataron servicios de seguridad con un criterio predominantemente económico, donde el costo era el principal factor de decisión. Hoy esa lógica resulta claramente insuficiente.

Una empresa de seguridad no solo protege instalaciones; resguarda operaciones críticas, información estratégica, talento humano, cadenas logísticas y, sobre todo, la confianza que hace posible el funcionamiento de cualquier organización.

Por ello, las empresas del sector también debemos asumir un firme compromiso con el gobierno corporativo.

Eso implica fortalecer la transparencia, la ética, el cumplimiento normativo, la profesionalización del talento, la innovación tecnológica y una gestión responsable de los riesgos.

En Grupo IPS hemos entendido que la confianza no se construye únicamente con presencia física. Se construye mediante instituciones sólidas, procesos transparentes, inversión permanente en tecnología y, especialmente, colocando a las personas en el centro de cada decisión.

La profesionalización de nuestros Técnicos en Seguridad Patrimonial, el fortalecimiento de nuestra cultura organizacional y la incorporación de herramientas digitales e inteligencia artificial responden precisamente a esa visión de largo plazo.

Sin embargo, este desafío no corresponde únicamente al sector de la seguridad privada.

También exige una transformación en el perfil de los directores de seguridad.

Hoy ya no basta con dominar los protocolos operativos. El responsable de seguridad debe comprender el negocio, participar en la gestión integral de riesgos, dialogar con la alta dirección y convertirse en un asesor estratégico del Consejo de Administración.

La seguridad debe hablar el lenguaje de la estrategia, de la continuidad del negocio, de la sostenibilidad y de la creación de valor.

Vivimos una época marcada por riesgos cada vez más complejos e interconectados. La inteligencia artificial, la digitalización, la geopolítica, el crimen organizado, la ciberseguridad y el cambio climático están redefiniendo el entorno empresarial.

Ante este escenario, las organizaciones que prosperarán serán aquellas capaces de integrar la seguridad a su modelo de gobierno corporativo y convertirla en una verdadera ventaja competitiva.

Porque proteger una empresa no consiste únicamente en reaccionar frente a una amenaza.

Consiste en construir organizaciones más resilientes, más confiables y mejor preparadas para enfrentar el futuro.

La seguridad ya no puede permanecer únicamente en la operación.

La seguridad también se gobierna desde el Consejo de Administración.

Y quizá ese sea uno de los mayores desafíos, pero también una de las mayores oportunidades para las empresas mexicanas en los próximos años.

«En el siglo XXI, la seguridad dejó de ser un costo para convertirse en un activo estratégico. Y, como todo activo estratégico, su rumbo debe definirse desde el Consejo de Administración».

Compartir en:​