Por Armando Zúñiga Salinas
Vicepresidente Nacional de COPARMEX, Presidente de ASUME y Grupo IPS, Consejero del CCE y CONCAMIN.

La transición hacia una jornada laboral de 40 horas semanales abre una nueva etapa en el mercado laboral mexicano. Se trata de un avance social significativo, pero para sectores que operan de manera ininterrumpida —las 24 horas del día, los 7 días de la semana— implica una reconfiguración profunda. La industria de la seguridad privada es uno de los casos más representativos.

Más que un ajuste administrativo, el cambio impactará de forma directa en costos, estructuras operativas, esquemas de contratación y modelos de servicio. La seguridad privada ha sido tradicionalmente intensiva en capital humano. Cubrir una posición permanente de vigilancia requiere varios elementos para rotaciones, descansos y cumplimiento de obligaciones laborales. Con la reducción de la jornada, ese mismo punto de servicio demandará más personal, elevando de manera estructural los costos de operación.

A este escenario se suma una presión adicional: la competencia por talento. El dinamismo industrial en diversas regiones del país, impulsado por la relocalización de empresas y el crecimiento manufacturero, ha generado una disputa intensa por mano de obra. Las compañías de seguridad enfrentan el reto de atraer, capacitar y retener personal en un entorno cada vez más exigente.

El efecto será particularmente sensible en los sectores residencial y comercial. En miles de condominios y desarrollos habitacionales, la seguridad privada representa uno de los principales componentes del presupuesto. Un incremento abrupto podría generar tensiones financieras, ajustes en servicios e incluso un repunte de esquemas informales.

Frente a este panorama, la industria no puede limitarse a trasladar costos al usuario final. La respuesta estratégica debe ser transformar el modelo de negocio. La vigilancia exclusivamente presencial está dando paso a esquemas híbridos donde la tecnología juega un papel central: videovigilancia inteligente, analítica de datos, monitoreo remoto y controles de acceso automatizados. Estas herramientas no sustituyen al personal, pero sí redefinen su función, elevan su productividad y permiten ofrecer soluciones integrales.

Las empresas que ya lideran el mercado global han apostado por plataformas integradas, infraestructura conectada a la nube y automatización de procesos repetitivos. Con ello, el personal puede enfocarse en análisis, prevención y reacción estratégica, en lugar de tareas operativas básicas. Paralelamente, se impulsa la capacitación técnica y la migración hacia modelos de servicio basados en desempeño y niveles de cumplimiento.

En este contexto, el perfil del guardia tradicional evoluciona hacia el de un especialista en seguridad integral, con conocimientos en gestión de riesgos, protección civil, protocolos de emergencia y manejo de herramientas digitales. La profesionalización deja de ser una ventaja adicional y se convierte en requisito indispensable.

También crece la responsabilidad en el manejo de información. La seguridad moderna no solo protege espacios físicos; resguarda datos, privacidad y trazabilidad, lo que exige marcos claros y estándares éticos rigurosos.

El mercado inevitablemente tenderá a consolidarse. Las empresas que no inviertan en cumplimiento normativo, tecnología y formación enfrentarán mayores dificultades para sostener su operación. Competir únicamente por precio ya no será sostenible en un entorno regulatorio y laboral más estricto.

La reducción de la jornada laboral puede convertirse en un detonador de modernización. Para ello, será clave un diálogo constructivo entre autoridades, empresas y usuarios que permita una implementación ordenada y evite distorsiones.

La seguridad privada cumple una función estratégica al complementar la seguridad pública, resguardando industrias, cadenas logísticas, desarrollos habitacionales y espacios comerciales que sostienen la actividad económica. Su viabilidad impacta más allá de las empresas del sector.

Los próximos años marcarán un punto de inflexión. La decisión es clara: anticiparse, invertir y elevar estándares o quedar rezagados. La transformación no es una opción; es la ruta para fortalecer a la industria en una nueva realidad laboral y económica.

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