Durante las últimas semanas hemos abordado el dinamismo económico que genera la Semana Santa: turismo, consumo, movilidad, servicios. Una economía que se activa con fuerza y que deja ver el enorme potencial del mercado interno. Sin embargo, pasada esa inercia estacional, es indispensable mirar los fundamentos estructurales que sostienen —o limitan— ese crecimiento.
Ahí es donde emerge, con toda claridad, uno de los desafíos más críticos para el país: la energía.
Hoy, México consume más de 330 mil GWh de electricidad al año, y la demanda crece a ritmos cercanos al 3%–4% anual, impulsada por la industria, la digitalización, los centros de datos y la electrificación de procesos. De acuerdo con proyecciones sectoriales, hacia 2030 el país podría requerir hasta un 40% más de capacidad de generación para sostener su ritmo económico.
El problema es que la expansión de la infraestructura no está avanzando al mismo ritmo.
En distintas regiones del país —particularmente en el norte y el Bajío, donde se concentra el fenómeno de relocalización industrial— ya se presentan limitaciones en capacidad de conexión, saturación de redes de transmisión y tiempos prolongados para nuevos contratos eléctricos. Empresas que buscan instalarse o expandirse enfrentan hoy una pregunta crítica: no si México es competitivo, sino si puede garantizar energía suficiente y confiable.
Este es el punto donde la narrativa del nearshoring se encuentra con la realidad operativa.
Porque la energía no es un insumo más. Es la base de toda actividad productiva. Sin energía disponible, simplemente no hay manufactura, no hay servicios avanzados, no hay crecimiento sostenido.
A ello se suma un reto adicional: la calidad y el origen de la energía. Cada vez más empresas globales exigen que la electricidad provenga de fuentes limpias para cumplir con sus compromisos ESG. Sin embargo, en México, aunque las energías renovables han crecido, aún enfrentan barreras regulatorias, incertidumbre en permisos y limitaciones de interconexión.
El resultado es un cuello de botella que comienza a tener costos visibles.
Se estima que proyectos de inversión por miles de millones de dólares han enfrentado retrasos o reconsideraciones debido a incertidumbre energética. Y más allá de los grandes anuncios, existe un impacto silencioso pero constante: decisiones de expansión que no se toman, líneas de producción que no se instalan, empleos que no se generan.
Desde la perspectiva institucional, COPARMEX ha señalado de manera reiterada que la energía es un factor determinante para la competitividad del país. El organismo ha enfatizado la necesidad de garantizar certidumbre jurídica, promover la inversión en generación y fortalecer la infraestructura de transmisión y distribución, como condiciones indispensables para el desarrollo.
La postura es clara: no se trata de un debate ideológico, sino de una urgencia económica.
México requiere una visión energética de largo plazo que combine la rectoría del Estado con la participación activa del sector privado. Se necesita acelerar proyectos, destrabar inversiones, modernizar la red eléctrica y, sobre todo, generar confianza. Porque la inversión —nacional y extranjera— responde a certezas, no a expectativas.
El costo de no actuar ya no es una hipótesis. Es una realidad que se traduce en menor crecimiento potencial.
Hoy, el país se encuentra frente a una oportunidad histórica. La relocalización de cadenas productivas podría redefinir su papel en la economía global. Pero esa oportunidad no está garantizada. Depende, en gran medida, de la capacidad de resolver sus cuellos de botella estructurales.
Y en ese mapa, la energía ocupa el centro.
Desde Mundo Empresarial, en este espacio de análisis del entorno productivo, la reflexión es directa: México no puede aspirar a ser una potencia manufacturera del siglo XXI con una infraestructura energética del siglo pasado. La competitividad no se decreta; se construye.
La decisión es ahora.
Porque en el fondo, el futuro económico del país no solo depende de atraer inversión, sino de tener la capacidad de sostenerla. Y esa capacidad, inevitablemente, pasa por algo tan esencial como la energía.
Encender el potencial de México no es una metáfora. Es, literalmente, una condición.