Por Armando Zúñiga Salinas
La seguridad es hoy uno de los principales desafíos para el desarrollo económico y social de nuestros países. Frente a amenazas cada vez más complejas, tecnológicas y transnacionales, resulta indispensable entender que la construcción de entornos seguros requiere coordinación, inteligencia, profesionalización y, sobre todo, la participación responsable de todos los actores que forman parte del ecosistema de seguridad.
Bajo esta visión, Tijuana se convirtió en punto de encuentro del Segundo Congreso de Seguridad de las Américas, organizado por la Asociación Mexicana de Empresas de Seguridad Privada (AMESP), que reunió a empresarios y especialistas de México y Latinoamérica, así como a organizaciones representativas del sector.
La participación de ASUME (Agrupaciones de Seguridad Unidas por México), junto con organizaciones colombianas como FECOLSEP y el Consejo Nacional de Seguridad Privada, permitió ampliar el diálogo y compartir experiencias sobre los retos que enfrenta nuestra industria en la región.
Particular relevancia tuvo la presencia de autoridades, entre ellas el secretario de Seguridad de Baja California, reguladores de seguridad privada de diferentes estados, legisladores y representantes de organismos empresariales.
Esta pluralidad confirma algo que desde el sector hemos sostenido durante años: la seguridad privada no puede analizarse de manera aislada de la seguridad pública, del desarrollo económico y de la seguridad nacional.

De prestadores de servicios a aliados estratégicos
Durante décadas, la percepción de la seguridad privada estuvo asociada principalmente con guardias, vigilancia y protección de instalaciones. Esa realidad ha cambiado profundamente.
Hoy, nuestra industria protege infraestructura crítica, plantas industriales, centros logísticos, hospitales, corporativos, centros comerciales, cadenas de suministro, eventos y miles de instalaciones en las que diariamente se desarrolla la actividad económica del país.
A ello debemos sumar centros de monitoreo, videovigilancia, inteligencia, análisis de riesgos, ciberseguridad, inteligencia artificial, protección ejecutiva y tecnologías que permiten anticipar amenazas y generar información relevante para prevenir incidentes.
Por ello, debemos avanzar hacia un nuevo paradigma: la seguridad privada no sustituye a la seguridad pública; la complementa y coadyuva con ella.
Cuando existe una regulación adecuada, intercambio de información, protocolos claros y mecanismos institucionales de colaboración, las capacidades de ambos sectores pueden multiplicarse.
Este modelo resulta especialmente relevante ante fenómenos como el robo al transporte de carga, la extorsión, el crimen organizado, los ciberdelitos y las amenazas contra las cadenas logísticas y la infraestructura estratégica.
La seguridad también genera competitividad
Para quienes formamos parte del sector empresarial existe, además, otra realidad que no podemos perder de vista: sin seguridad no hay inversión sostenible.
Una empresa analiza infraestructura, talento, energía, conectividad y costos antes de decidir dónde invertir, pero también evalúa riesgos, seguridad logística, protección de sus colaboradores y continuidad del negocio.
Por ello, hablar de seguridad privada también significa hablar de competitividad, inversión y desarrollo económico.
En una región integrada comercialmente y con cadenas productivas que atraviesan fronteras, encuentros como el Congreso de Seguridad de las Américas permiten comenzar a construir una visión regional.
Las amenazas no reconocen fronteras. Nuestra cooperación tampoco debería hacerlo.
Un libro para preservar nuestra historia
En el marco de este Congreso vivimos, además, un momento particularmente significativo para nuestro sector: la presentación del libro La Seguridad Privada en el Estado Mexicano.
Se trata de una colaboración entre ASUME, como organización cúpula del sector de la seguridad privada, y la Secretaría de la Defensa Nacional, a través del Instituto Mexicano de Estudios Estratégicos en Seguridad y Defensa Nacionales.
La obra tiene un significado histórico porque documenta, por primera vez y de manera integral, la evolución de la seguridad privada durante cinco décadas de existencia en México.
Conocer nuestra historia es indispensable para entender de dónde venimos, pero también para decidir hacia dónde queremos llevar a nuestra industria.
Este libro representa memoria, reconocimiento y legado para quienes, durante décadas, han contribuido a profesionalizar la seguridad privada mexicana y para las nuevas generaciones que tendrán la responsabilidad de transformarla.
Hacia una nueva etapa
México tiene frente a sí la oportunidad de construir una nueva relación entre la seguridad pública y la seguridad privada.
Necesitamos una industria cada vez más profesional, regulada, tecnológica, ética y socialmente responsable. Pero también necesitamos mecanismos institucionales que permitan aprovechar adecuadamente las capacidades que el sector privado ha desarrollado.
El desafío no consiste en preguntarnos si la seguridad pública y la seguridad privada deben colaborar. Esa colaboración ya ocurre todos los días.
La verdadera pregunta es cómo convertirla en una política permanente, profesional y estratégica que contribuya a proteger a las personas, las empresas y las inversiones.
Desde Tijuana, el Segundo Congreso de Seguridad de las Américas deja un mensaje que debemos llevar mucho más allá de nuestras fronteras:
La seguridad privada ha dejado de ser únicamente un servicio para convertirse en un aliado estratégico del Estado, de las empresas y de la sociedad.
El siguiente paso es consolidar su lugar dentro del ecosistema de seguridad nacional.
Porque, frente a los desafíos que vivimos, la seguridad de México no se construye desde un solo sector; se construye sumando capacidades, compartiendo responsabilidades y trabajando juntos.