Colaboración editorial de Janette Rodríguez
La imagen más reconocible de la fortaleza exportadora de México, durante muchos años, fue una línea de ensamble automotriz. En 2026 esa fotografía cambió de encuadre. Entre enero y junio, el país exportó 82 mil 900 millones de dólares en servidores informáticos, frente a 74 mil 800 millones en automóviles y autopartes. Por primera vez, el equipo que sostiene la expansión de los centros de datos y de la inteligencia artificial superó al sector que definió nuestra identidad exportadora durante tres décadas.
Las cifras del INEGI confirman el desplazamiento: entre enero y junio, las exportaciones manufactureras no automotrices crecieron 37.6% anual, mientras las automotrices avanzaron 1%. El análisis de S&P Global Market Intelligence sitúa el motor de ese avance en los servidores, cuyas exportaciones aumentaron 172.1% en los doce meses terminados en junio, después de crecer 210.8% durante 2025. Estados Unidos absorbió 93.9% de esos envíos.
Sería fácil leer esos números únicamente como una historia de éxito. México está aprovechando su cercanía con Estados Unidos, su plataforma manufacturera y una coyuntura geopolítica que obliga a las empresas a reducir dependencias lejanas. Todo eso es cierto. Sin embargo, el dato decisivo no está en cuánto exportamos, sino en qué parte del valor de aquello que exportamos se construye y permanece en México.
Las estadísticas de comercio exterior registran el valor completo de un bien cuando cruza la frontera, aunque ese valor no se haya generado íntegramente en el territorio donde se ensambló. En un servidor de alta capacidad, buena parte del costo y de la sofisticación tecnológica viaja dentro de procesadores, memorias, arquitecturas y propiedad intelectual desarrollados fuera del país.
El circuito es visible en nuestras propias importaciones. Las compras mexicanas a Taiwán crecieron 146.4% interanual; solo en el primer semestre México importó 28 mil 400 millones de dólares en servidores taiwaneses, más de lo registrado en todo 2025. Taiwán pasó de representar 2.1% de las importaciones mexicanas en 2019 a 13.4%, y se convirtió en el tercer proveedor del país. El chip y la placa llegan de Asia, México integra, prueba y configura, y el equipo cruza hacia el norte. Cada etapa es real y genera empleo. Ninguna de ellas es donde se concentra el margen.
Esto no disminuye la importancia de la manufactura. Al contrario: haber construido durante décadas una base industrial capaz de producir con calidad, volumen y cercanía al mercado estadounidense es precisamente lo que permitió que esta nueva cadena llegara con tanta velocidad. La manufactura avanzada es la plataforma desde la cual una economía puede ascender hacia actividades de mayor complejidad. El riesgo aparece cuando confundimos la plataforma con el destino.
He pasado veinticinco años dentro de organizaciones industriales y de servicios, primero desde la dirección en compañías multinacionales y hoy diseñando arquitectura organizacional y de territorio. Desde ahí he visto la diferencia entre una planta que ejecuta con excelencia especificaciones ajenas y una organización que desarrolla criterio propio. Las dos pueden tener certificaciones impecables y el mismo indicador de calidad. Solo la segunda puede discutir de igual a igual con quien diseñó el producto, y esa conversación no la habilita una inversión: la habilita una estructura interna capaz de sostenerla.
La historia económica muestra que varias economías comenzaron ensamblando productos diseñados en otros lugares y después desarrollaron proveedores, ingeniería y propiedad intelectual propias. Ese salto nunca fue automático. Exigió decisiones deliberadas para convertir actividad productiva en capacidad tecnológica, sostenidas durante más de un ciclo político y más de un ciclo económico.
El entorno se mueve en esa dirección. La revisión del T-MEC, iniciada formalmente el 1 de julio, colocó en el centro la seguridad económica y la reducción de dependencias externas. En el Séptimo Foro Binacional México–Estados Unidos sobre Semiconductores, celebrado en la Universidad de California en San Diego, participaron gobiernos, industria, banca de desarrollo, universidades y las secretarías de desarrollo económico de nueve estados, entre ellos Aguascalientes. El mensaje de ese encuentro es inequívoco: la conversación ya no gira solamente alrededor del comercio, sino alrededor de quién tendrá capacidad para producir los insumos estratégicos de la próxima década.
Ahí está la oportunidad mexicana. Si la demanda de infraestructura para centros de datos continúa creciendo, cada inversión puede ser algo más que una línea adicional de ensamble: puede desarrollar ingeniería local, proveedores más sofisticados y talento especializado. El Centro Nacional de Diseño de Semiconductores Kutsari apunta en esa dirección al incorporar diseño, formación de talento y soluciones tecnológicas propias.
Convertir una oportunidad industrial en capacidad nacional requiere tiempo y continuidad. No basta con atraer una planta y contabilizar su inversión. Lo decisivo comienza después: cuánto compra localmente, qué conocimiento transfiere y qué tan capaces somos de construir alrededor de ella un ecosistema que permanezca cuando cambie el ciclo económico.
También es un desafío para las empresas mexicanas. Durante años, la conversación sobre relocalización se concentró en cómo convertirse en proveedor de una compañía extranjera. En la nueva cadena tecnológica, entrar será más exigente: no bastará con fabricar una pieza, habrá que dominar trazabilidad, protección de información e integración tecnológica. El proveedor que sólo compite por costo tendrá un espacio cada vez más estrecho; el que desarrolla conocimiento puede avanzar dentro de la cadena.
Conviene observar con cuidado un dato adicional. Banco BASE estimó que, excluyendo el equipo de cómputo, el crecimiento de las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos durante este año rondaría 5%, muy por debajo del doble dígito registrado hasta junio. Al mismo tiempo, el empleo y la inversión en ese sector no han crecido al ritmo de sus exportaciones, precisamente por su menor contenido nacional. No es una contradicción, sino la señal de un modelo que hoy funciona principalmente como plataforma de integración. La cuestión estratégica es si dentro de cinco o diez años seguiremos importando casi toda la sofisticación para exportar el producto terminado.
Eso obliga a cambiar la manera de medir el éxito. Un récord de exportaciones es relevante, pero no describe por sí solo el desarrollo que deja una industria. El contenido nacional, el empleo especializado y el ascenso de empresas mexicanas hacia funciones tecnológicas muestran algo que el valor bruto exportado no revela: si una economía sólo mueve mercancías o también acumula capacidades.
La diferencia importa porque el conocimiento tiene una característica distinta a la de una planta física. Una instalación puede trasladarse cuando cambian los costos, los incentivos o la estrategia global de una corporación. La capacidad que se queda en ingenieros, universidades, proveedores y patentes es mucho más difícil de desmontar. Por eso las economías que logran capturar conocimiento son también las que pueden defender su posición cuando la siguiente ola tecnológica modifica otra vez las reglas.
México llega a esta coyuntura con ventajas reales: escala manufacturera, ubicación y una relación económica con Estados Unidos que hoy adquiere un valor adicional frente a la reorganización de las cadenas globales. Pero ninguna de esas ventajas garantiza por sí sola que el país capture las partes más valiosas de la nueva economía tecnológica. La proximidad puede atraer producción; solamente la construcción de capacidades puede convertir esa producción en desarrollo de largo plazo.
Dentro de diez años alguien volverá a escribir sobre este momento. Podrá describirlo como la temporada en que México aprovechó una ola extraordinaria de demanda y exportó máquinas por cifras récord, o podrá señalarlo como el año en que empezamos a diseñar una parte de lo que esas máquinas contienen. Esa diferencia no la decidirá la geografía ni el ciclo. La decidirán acuerdos que hoy se negocian en oficinas de gobierno, presupuestos que hoy se aprueban en consejos de administración y estructuras que hoy se diseñan en empresas mexicanas que aún pueden elegir qué quieren llegar a ser.
Janette Rodríguez
CEO de DIA1 y
Executive Director de la Cámara de Comercio México–Estados Unidos,
Capítulo Aguascalientes.
Especialista en liderazgo, toma de decisiones
y sostenibilidad organizacional.