Una fauna parábola sobre decisiones, silencios y otras criaturas del poder

Por Antón Martínez

En el corazón de un bosque que no aparecía en ningún mapa —porque los bosques, como algunas empresas en “proceso de institucionalidad”, tampoco lo hacen— existía una pradera donde, cada luna llena, se reunía el Consejo de los Animales. No era un consejo formal; más bien era consultivo, de cuates, de café y galletitas. Tenía reglamentos básicos, cero comités de auditoría y mucho menos comisario. Y aun así funcionaba, más o menos, como funcionan los consejos reales de empresas que creen que “con el acta constitutiva basta”: con buenas intenciones, silencios incómodos y decisiones que siempre llegaban tarde, como si la puntualidad fuera un lujo escandinavo.

El Consejo estaba compuesto por criaturas que representaban, sin saberlo, los arquetipos eternos de la gobernanza:

  • El Búho, que veía todo, pero hablaba poco. El clásico consejero que solo interviene cuando ya es demasiado tarde para evitar el desastre, pero eso sí, con voz solemne.
  • La Comadreja, diplomática profesional, experta en hablar mucho sin comprometerse con nada. Sabelotodo. Si existiera LinkedIn en el bosque, sería “Top Voice”.
  • El Venado, que temblaba cada vez que alguien proponía un cambio, aunque fuera mínimo. Cambiar quién podía cazar o quién podía comer hojas le parecía una amenaza existencial.
  • El Chango León, un híbrido extraño: gritón, protagonista, amante del reflector y poco aseado, experto en criticar todo lo que no hubiera propuesto él. En cada reunión pensaba: “¿De qué se trata? Yo me opongo”. Era el opinólogo oficial del bosque.
  • El Castor, obsesionado con procesos, matrices y diagramas que nadie entendía, pero que él defendía como si fuera ingeniero de la NASA en misión secreta.
  • El Colibrí, brillante, veloz, mega disperso: capaz de tener diez ideas por minuto y olvidar nueve antes de terminar de explicar la primera.
  • La Tortuga, prudente hasta la desesperación, convencida de que cualquier decisión tomada antes de tres meses era precipitada.
  • El Jaguar, poderoso, respetado… y casi siempre ausente. Su agenda estaba llena, aunque nadie sabía de qué. Tenía más “networking” que horas de trabajo.

A pesar de sus diferencias, todos coincidían en algo: el bosque era una herencia recibida en vida por generaciones que lo habían hecho posible,  hermoso, próspero y estable. Y como suele ocurrir en los lugares estables, nadie quería mover nada. La estabilidad es el sedante favorito de los consejos.

La amenaza silenciosa

Una noche, el Búho convocó a una sesión extraordinaria. Había observado algo inquietante: el río del bosque estaba cambiando de curso.

No era rumor. No era sospecha. Era un hecho. El agua avanzaba, lenta pero constante, hacia la pradera donde vivían cientos de animales que, como en la vida real, dependían de las decisiones, visión y planeación de otros.

Cuando el Consejo se reunió, el Búho explicó la situación con la serenidad de quien sabe que los datos no necesitan dramatismo.

—El río se está desviando —dijo—. Si no actuamos ya, la pradera se inundará.

La Comadreja sonrió con esa diplomacia socarrona que huele a perfume caro y evasión.

—Interesante. ¿Y qué propones? ¿Un comité? ¿Un estudio? ¿Una consultoría externa? Podemos contratar castores suizos, dicen que son muy buenos a precios competitivos.

El Venado tragó saliva.

—Quizá… quizá deberíamos esperar. A veces los ríos regresan solos. Como los gerentes de mandos medios que ya no quieren más trabajo del que tienen.

El Chango León carraspeó, acomodándose su desaliñado pelaje.

—Esto pasa porque nunca se escuchan mis advertencias. Yo lo dije hace tres lunas. Está anotado en el tronco de reuniones anteriores, pero aquí nadie lee nada. No vaya a ser que se cansen por ayudar a los animales pobres con tanto recurso que tenemos. (el cual no generó el Chango León, ni por error)

El Castor abrió un rollo de pergaminos que parecía más largo que la cadena de valor de una planta de autos eléctricos.

—Propongo revisar el proceso de gestión hídrica del bosque. Hay que mapear riesgos, clasificar impactos y diseñar un protocolo de actuación. Tengo un diagrama de flujo que les va a encantar.

El Colibrí levantó el pico.

—Tengo tres ideas: construir un dique, desviar el agua o mover la pradera, (como si eso fuera posible). Y otras dos que se me acaban de ocurrir.

La Tortuga pidió la palabra.

—Sugiero reflexionar. Con calma. Con mucha calma. No vaya a ser que decidamos algo de lo que nos arrepintamos toda la vida.

El Jaguar llegó tarde, se sentó, escuchó con la junta empezada y dijo:

—Lo reviso. En mi próxima agenda. Haré consultas con expertos que conocí en la última convención de safaris.

Y así, como ocurre en muchos consejos, prácticamente todos hablaron, pero nadie decidió. El río, mientras tanto, seguía avanzando sin necesidad de comités.

La inundación

Pasaron las lunas. La pradera comenzó a humedecerse. Los animales se inquietaron. Algunos ya dormían con las patas mojadas.

El Consejo se reunió de nuevo, esta vez con urgencia.

—¿Por qué nadie nos dijo qué hacer? —preguntó el Venado, temblando como siempre.

—Yo lo dije —respondió el Chango León, feliz de tener razón, aunque no hubiera propuesto nada útil.

—Yo propuse un comité —dijo la Comadreja, como quien presume haber enviado un correo que nadie leyó.

—Yo pedí más tiempo —dijo la Tortuga, con la conciencia que sus aportaciones ya no generaban valor y decidida a retirarse del consejo.

—Yo propuse ideas brillantes —dijo el Colibrí, que ya estaba pensando en otras nuevas.

—Yo estaba revisando mi networking —dijo el Jaguar, convencido de que su estatus lo merecía.

El Búho los miró con tristeza y profunda decepción.

—No faltó información —dijo—. Faltó decisión.

Y el agua, que nunca espera a que los consejos se pongan de acuerdo, inundó la pradera. Ya lo dice el refrán: “El agua siempre encuentra su camino”, igual que la competencia, los cambios de oferta y demanda, los tipos de cambio y la falta de búsqueda de clientes y nuevos canales.

La enseñanza que nadie quería escuchar

Cuando el bosque recuperó la calma, el Consejo se reunió por última vez. No para culpar a nadie, sino para entender lo que había ocurrido.

El Búho habló con la voz de quien ha visto demasiados ciclos repetirse:

—Los riesgos no desaparecen porque nadie los mencione. Las decisiones no se vuelven menos urgentes porque incomodan. Y los silencios, en los consejos, pesan más que las palabras.

La Comadreja bajó la mirada. El Venado dejó de temblar. El Chango León guardó silencio, lo cual fue más histórico que la inundación. El Castor enrolló sus pergaminos. El Colibrí se quedó quieto. La Tortuga suspiró en franca depresión. El Jaguar escuchó, analizó, reflexionó y cambió su postura, asumiendo liderazgo.

El Búho concluyó:

—Gobernar no es evitar conflictos. Gobernar es anticiparse. Y decidir, aunque duela, aunque incomode, aunque implique moverse del lugar donde uno está cómodo.

Por unanimidad, decidieron nombrar a El Búho, Comisario de la Asamblea de Animales.

El Consejo de los Animales nunca volvió a ser el mismo. Y el bosque, como todos los bosques que aprenden, se volvió más sabio, diferente, con áreas perdidas y otras que sobrevivieron en el futuro inmediato, gracias a protocolos, estructura y procesos.

Epílogo para humanos

Los consejos reales no están hechos de animales (bueno, a decir verdad, conozco algunos que sí), pero sí de comportamientos que todos reconocemos:

  • El miedo a decidir.
  • El exceso de análisis.
  • La diplomacia que evita el conflicto.
  • La crítica sin propuesta.
  • La ausencia disfrazada de liderazgo.
  • La prudencia que se vuelve parálisis.

La gobernanza, al final, es un acto profundamente humano: visión, cuestionamiento constructivo, reflexión anticipada, escucha genuina y responsabilidad compartida.

Y como en el bosque, los riesgos no esperan. Las oportunidades tampoco.

La diferencia entre un consejo que trasciende y uno que se inunda está, casi siempre, en una sola cosa:

La capacidad de decidir. La peor decisión —y lo digo convencido por experiencia— es la que no se toma.

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