En el año 552, dos monjes bizantinos partieron hacia China por encargo del emperador Justiniano I: debían descubrir cómo se fabricaba la seda, el material más codiciado de su época. Durante siglos, revelar esa técnica —o sacar del país un solo gusano vivo— se castigaba con la pena de muerte. Los monjes escondieron huevos de gusano en cañas de bambú y los llevaron hasta Constantinopla. Los historiadores registraron aquel viaje como el primer robo documentado de un secreto industrial.
De la seda a los semiconductores
Quince siglos después, el dilema regresa en otra escala. Las cadenas de suministro abiertas ceden terreno ante bloques regionales organizados en torno a la confianza mutua. La inteligencia artificial, la biotecnología, la electromovilidad y los semiconductores dependen hoy de que cada secreto industrial se resguarde en países confiables. A diferencia de una patente, que caduca a los veinte años, el secreto industrial dura lo que dure la seriedad de quien lo custodia.
Un historial que antecede al T-MEC
México construye ese blindaje desde hace más de ocho décadas. La primera ley que unificó la protección de patentes y marcas data de 1942; en 1993 nació el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial, y en 2020 la Ley Federal de Protección a la Propiedad Industrial armonizó el marco nacional con el capítulo 20 del T-MEC, que obliga a los tres socios a sancionar civil y penalmente el robo de secretos industriales. Esa ley protege la información sobre la cual su titular “haya adoptado los medios o sistemas suficientes para preservar su confidencialidad”: la certidumbre empieza dentro de cada empresa. En abril de 2026, la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos mejoró la posición de México por mejoras en política de propiedad intelectual.
Fronteras definidas por la confianza
La Ciudad de México ocupa un lugar en las rutas de la seda de hoy, que transportan conocimiento en lugar de fibras. En el primer semestre de 2026 encabezó el país con 22,136 solicitudes nacionales de marca y 92 patentes concedidas a mexicanos, según el IMPI, y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual la incorporó a los cien mayores clústeres de innovación del mundo, como el segundo de América Latina. Esa es la ruta: la mentefactura, la industria de alto valor intelectual agregado. Sostener la reputación de la ciudad como espacio seguro para los avances técnicos del siglo XXI es una ventaja que conviene presumir tanto al sector público como al privado.