De Gabriel García Márquez, Editorial Era, 1983, México.
Valoremos cada grano de café -como nuestra propia vida- sin desperdicio alguno; en ocasiones nos olvidamos de los que no son los protagonistas: “la gente del campo”, quienes son los menos favorecidos económicamente, y son los artesanos del gremio alimenticio; ni siquiera buscan medallas ni reconocimientos, sino un pago justo -también hay otro grupo- como si la clasificiación humana tuviera que serlo, y estos seres humanos que ni siquiera van al día, sobreviven a la búsqueda de tan solo algún alimento. Además, son de los que menos se quejan. Hay ocasiones, que la literatura no es solamente ficción, también retrata mosaicos de cada ser vivo -también del reino animal- en la pobreza extrema: “El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Desprendió la cafetera del fogón de barro, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café mezcladas con óxido de lata”. Así que cuando deleite un café o algún libro, no lo desperdicie ni descarte que tienen una historia lo más probable con sabores amargos. El café, sin ser protagonista -aflora su aroma para degustarla de diversas maneras, donde sus sabores no pasan inadvertidos en nuestros sentidos-, así han sido y serán aquellas lecturas para emprender un diálogo o una instrospección; añado que han sido así aquellos libros en la literatura de distintas latitudes y tiempos que se resisten al olvido, aunque no hay una fecha de caducidad para emprender la lectura en cada sorbo de páginas, si puede ser más factible que nos quedemos en el último trago. Trascienden historias de algunos libros que pueden ser desgarradoras para el lector, aunque se intenten endulzar, se tornan más amargas, cómo lo es la que entretejió el escritor Gabriel García Márquez, en este libro que le recomiendo con una taza de café: “El coronel no tiene quien le escriba”, desde la primer página, queda uno perplejo por ser concisa y depurada que incita a no perder el interés como el mismo tema principal: “la esperanza”, destaca un estilo sobrio y directo. Cuesta trabajo entender lo que nos propicia el propio coronel: “La paciencia es una virtud de viejos” -aunque sobrevive en la pobreza extrema- es un valiente hombre que se niega en admitir que ha sido abandonado -pero no de sí mismo- , manteniendo una postura erguida ante la humillación. “Lo único que llega con seguridad es la muerte”. El café, representa esa batalla que pareciera esfumada, es no dejarse rendir ni morir sino de seguir viviendo aunque no se tenga nada en el vacío de la taza de su perseverancia. No hay abundancia pero hay persistencia; se mide gramo a gramo su dignidad, como un reloj de arena de café. Hay miseria material pero el espíritu es más fuerte. “La ilusión no se come —dijo la mujer. / —No se come, pero alimenta —contestó el coronel”. Quienes deleitamos una taza de café espresso: sin azúcar, amargo y acidez, sea la metáfora misma de la vida amargamente bella: “Durante quince años el coronel había esperado. La vida en ese pueblo de lluvias torrenciales y de mañanas sofocantes era una larga cadena de esperas sin sentido. Había visto morir a sus compañeros de armas, uno tras otro, esperando la carta que los sacara de la miseria, mientras las leyes se acumulaban en los archivos y las promesas de los gobiernos se convertían en papel mojado”. Miles de personas vivimos procesos de «espera del correo» al tramitar pensiones, homologaciones de títulos, citas de extranjería o subsidios que tardan meses en ser procesados por sistemas automatizados o colapsados; poco a poco seremos ese proceso de que ya nadie nos escribe… “Es necesario ser ciego para no ver lo que se nos viene encima… Nos estamos pudriendo vivos”.