Por Rosa Marta Abascal Olascoaga, Presidente AliaRSE

Durante años, buena parte de la conversación sobre el futuro del trabajo se ha concentrado en la tecnología, la automatización, la inteligencia artificial, el trabajo híbrido y las nuevas formas de productividad. Son discusiones necesarias, pero insuficientes. Hay una pregunta anterior que las empresas no pueden seguir evitando: ¿qué tipo de vida estamos construyendo para las personas que trabajan en nuestras organizaciones?

El trabajo no ocurre en un vacío. Detrás de cada colaborador existe una persona con vínculos, responsabilidades, preocupaciones, hijos, padres, pareja, proyectos y una vida que no desaparece al cruzar la puerta de una empresa. Precisamente por ello, hablar de sostenibilidad empresarial exige hablar también de sostenibilidad humana y familiar. Esa es, justamente, una de las premisas planteadas en el panel El futuro del trabajo en México: hacia una cultura laboral familiarmente sostenible: generar valor económico sin desvincularlo del bienestar de las personas y sus familias.

La cuestión no es menor. Durante demasiado tiempo se normalizó la idea de que el compromiso profesional debía demostrarse mediante disponibilidad permanente, jornadas interminables o sacrificios personales. Como si para ser un buen trabajador hubiera que demostrar que el trabajo está por encima de todo lo demás. Ese paradigma necesita cambiar.

No podemos llamar trabajo digno a un modelo que exige el fracaso familiar como precio del éxito profesional.

Esto no significa disminuir la exigencia, renunciar a la productividad o convertir a la empresa en responsable de resolver todos los problemas personales de sus colaboradores. Significa algo mucho más elemental: reconocer que la productividad sostenible depende de seres humanos capaces de desarrollar de manera armónica las distintas dimensiones de su vida.

En Responsabilidad Social Empresarial se repite con frecuencia la expresión “poner a la persona en el centro”. El desafío comienza cuando esa afirmación tiene que convertirse en decisiones concretas.

AliaRSE ha colocado precisamente esta convicción en el centro de su visión: no puede existir una empresa verdaderamente responsable si no existen personas capaces de ejercer esa responsabilidad dentro de las organizaciones; de ahí que la formación ética y humana sea entendida como parte medular de la estrategia empresarial.

Poner a la persona en el centro significa revisar qué tipo de cultura construyen los líderes. Significa preguntarse si un colaborador puede ejercer un derecho o utilizar una política de flexibilidad sin que ello sea interpretado como falta de compromiso. Significa analizar si las promociones están reservadas, de facto, para quienes pueden permanecer indefinidamente en la oficina. Significa reconocer la maternidad y la paternidad como realidades humanas y sociales, no como inconvenientes laborales.

Porque una política que existe en el manual pero se castiga en la práctica no es una política: es simulación. Las organizaciones familiarmente sostenibles no se construyen exclusivamente con prestaciones. Se construyen, sobre todo, con cultura.

Corresponsabilidad, no paternalismo

También sería un error trasladar toda la responsabilidad a la empresa. La construcción de mejores entornos laborales exige corresponsabilidad.

La empresa debe generar condiciones razonables para que las personas puedan trabajar y desarrollarse sin destruir su vida personal. Los colaboradores, por su parte, deben responder con profesionalismo, resultados y responsabilidad. Las familias tienen también deberes de cuidado y organización. Y la sociedad y las instituciones públicas deben crear condiciones que faciliten esa conciliación. La respuesta, por tanto, no está en trabajar menos, sino en trabajar mejor.

Flexibilidad bien diseñada, liderazgo por resultados, respeto a los horarios, permisos utilizados responsablemente, esquemas adecuados para distintas etapas de vida, apoyo a quienes tienen responsabilidades de cuidado y una cultura que no premie el presentismo pueden coexistir perfectamente con altos niveles de desempeño.

De hecho, ésa debería ser la aspiración de una empresa moderna: demostrar que el bienestar de las personas y la competitividad no son objetivos enfrentados.

La familia, célula básica de la sociedad

La empresa necesita colaboradores competentes, pero la sociedad necesita personas íntegras, ciudadanos responsables y familias capaces de cuidar, educar y acompañar. Cuando el ámbito laboral ignora sistemáticamente esa realidad, las consecuencias tarde o temprano llegan también a la organización: desgaste, desafección, rotación, pérdida de sentido y culturas internas cada vez más frágiles.

Por eso la integración trabajo-familia no debe colocarse únicamente en la agenda de Recursos Humanos. Es un asunto de liderazgo, sostenibilidad y gobierno empresarial.

México necesita empresas rentables, innovadoras y competitivas. Pero necesita también familias fuertes y personas que puedan desarrollarse plenamente. No debería ser necesario escoger entre ambas cosas.

El verdadero futuro del trabajo será aquel en el que una persona pueda decir que su empresa le exige dar lo mejor de sí misma, pero no le exige renunciar a aquello que da sentido a su vida.

Una empresa sostenible no puede construirse sobre personas agotadas y familias debilitadas. La sostenibilidad comienza cuando la economía vuelve a recordar para quién existe: para la persona.

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