Por Ángel García-Lascurain Valero
El 2026 se perfila como un año complejo para la economía mexicana. A diferencia de años anteriores, el entorno actual combina una desaceleración global con restricciones internas que limitan el crecimiento. Este contexto obliga a una lectura más estratégica del entorno y, sobre todo, a una toma de decisiones más rigurosa por parte de las empresas.
México enfrenta un escenario de crecimiento moderado y por debajo de su potencial, en donde la recuperación económica es gradual, pero insuficiente para detonar un ciclo expansivo sólido. Durante 2025, el crecimiento fue de apenas 0.8%, y los primeros indicadores de 2026 muestran señales mixtas, con una actividad económica que inició el año con contracción. Esto refleja una economía que avanza, pero sin dinamismo, condicionada tanto por factores externos como internos.
Uno de los principales desafíos proviene del propio entorno doméstico. Las condiciones macroeconómicas siguen siendo restrictivas: a las presiones inflacionarias sensibles a choques externos y un espacio fiscal limitado que reduce la capacidad del Estado para impulsar el crecimiento, se suma una debilidad persistente en la confianza para invertir, que se ha convertido en uno de los principales frenos estructurales de la economía. La inversión muestra una tendencia descendente, mientras que los indicadores de confianza empresarial siguen registrando caídas generalizadas.
El deterioro del entorno de negocios se refleja también en variables concretas: el número de patrones registrados ante el IMSS acumula más de 20 meses con caídas anuales. En paralelo, el mercado laboral presenta claroscuros. Si bien el empleo formal continúa creciendo, lo hace a un ritmo bajo, mientras que más de la mitad de la población ocupada se mantiene en la informalidad. Esto limita la productividad, reduce la base fiscal y condiciona el crecimiento del mercado interno.
El contexto internacional tampoco ofrece un impulso claro. Por el contrario, se ha vuelto más complejo y adverso. Las tensiones geopolíticas, particularmente en Medio Oriente, está presionando los precios de la energía, afectando las cadenas de suministro y elevando la volatilidad financiera. El crecimiento global se desacelera hacia niveles cercanos al 3%, de acuerdo con el pronóstico del FMI, con riesgos a la baja e incluso la posibilidad de un entorno recesivo en algunas regiones. Esto impactaría directamente a México a través de menores exportaciones, menor inversión extranjera y condiciones financieras más restrictivas.
Sin embargo, dentro de este entorno desafiante, México mantiene una posición relevante en el comercio internacional. Las exportaciones siguen mostrado un desempeño positivo, consolidando al país como uno de los principales exportadores a nivel global. Esto confirma que, a pesar de las limitaciones internas, existen fortalezas estructurales que pueden ser aprovechadas. En este contexto, la relocalización de cadenas de valor hacia Norteamérica, impulsada por la fragmentación económica global, posiciona al país como un destino natural para la inversión productiva.
No obstante, el aprovechamiento de esta oportunidad no está garantizado. Dependerá, en gran medida, de la capacidad del país para resolver las limitaciones internas. Sin condiciones adecuadas de infraestructura, energía, seguridad y certidumbre jurídica, el nearshoring puede quedarse por debajo de su potencial.
Los desafíos que enfrenta México son conocidos, pero hoy adquieren una mayor relevancia estratégica. La agenda de prioridades es clara. En primer lugar, es indispensable restablecer la confianza para invertir, fortaleciendo el Estado de derecho, la certidumbre jurídica y la estabilidad regulatoria. Sin este elemento, difícilmente se detonará un nuevo ciclo de inversión.
En segundo lugar, México debe aprovechar plenamente su integración comercial con Estados Unidos y Canadá, consolidando el T-MEC y fortaleciendo las cadenas regionales de valor. Asimismo, es fundamental acelerar el desarrollo de la infraestructura y aumentar la capacidad energética. En paralelo, se requiere fortalecer las finanzas públicas, mejorando la eficiencia del gasto y asegurando su sostenibilidad en el mediano plazo.
En este contexto y ante los hechos recientes en Sinaloa, derivados de acusaciones realizadas por autoridades de Estados Unidos hacia funcionarios y actores políticos de la entidad, hacen indispensable actuar con prudencia y objetividad. Un manejo predominantemente político de esta situación por parte del gobierno mexicano, que genere una confrontación con el gobierno de Estados Unidos, podría poner en riesgo la estabilidad económica y profundizar la debilidad de la inversión.
En conclusión, el 2026 no será un año de inercia, sino un periodo que exigirá capacidad de adaptación, disciplina y decisiones estratégicas tanto a nivel país como empresarial. La diferencia entre un entorno de crecimiento limitado y una trayectoria económica más dinámica dependerá, en gran medida, de la capacidad para fortalecer las condiciones internas, recuperar la confianza para invertir y aprovechar de manera inteligente las oportunidades que ofrece el entorno internacional. En un contexto global cada vez más complejo e incierto, el principal desafío será transformar la incertidumbre en decisiones estratégicas y convertir las oportunidades en resultados concretos para México.