Por Armando Zúñiga Salinas

Valladolid, España, fue durante estos días mucho más que la sede de un encuentro empresarial. Se convirtió en un espacio de reflexión sobre el papel que Iberoamérica puede y debe jugar frente a una economía mundial que está cambiando aceleradamente.

Tuve el honor de participar, en representación de ASUME, en la LIV Asamblea General de la Asociación Iberoamericana de Cámaras de Comercio, Industria y Servicios (AICO) y el LXII Consejo Directivo de la Comisión Interamericana de Arbitraje Comercial (CIAC), celebrados bajo un lema que resume perfectamente el desafío que tenemos por delante: “Lazos empresariales con impacto global”.

La dimensión del encuentro habla por sí misma. Valladolid reunió a alrededor de 250 representantes empresariales, institucionales y profesionales de cuatro continentes, en un diálogo que vinculó a Iberoamérica con Europa, África e India y puso sobre la mesa temas fundamentales como inteligencia artificial, transformación digital, geopolítica, internacionalización, seguridad jurídica y las nuevas oportunidades del llamado Sur Global.

Pero, desde mi perspectiva, uno de los mensajes más importantes de las diferentes conferencias y paneles fue entender que Iberoamérica posee enormes fortalezas, pero todavía tiene un gran reto: transformar esas fortalezas en mayor valor agregado.

Nuestros países cuentan con materias primas, recursos naturales, energía, talento, capacidad productiva, ubicación geográfica privilegiada y mercados importantes. Sin embargo, en el mundo actual ya no es suficiente poseer los recursos. La verdadera competitividad está en quién los transforma, quién incorpora tecnología, quién genera conocimiento, quién desarrolla propiedad intelectual y, finalmente, quién logra colocar productos y servicios de mayor valor en los mercados globales.

Ahí se encuentra una de las grandes oportunidades de Iberoamérica.

Debemos avanzar de economías que en muchos casos exportan recursos y materias primas hacia economías capaces de transformarlos, industrializarlos, tecnificarlos y comercializarlos con mayor valor agregado. Y para conseguirlo necesitamos inversión, innovación, digitalización, infraestructura, seguridad jurídica, formación de talento y, sobre todo, una mayor integración empresarial.

Ninguno de nuestros países debe enfrentar solo esta transformación.

Si Iberoamérica trabaja más unida, complementando las fortalezas de sus distintas economías, desarrollando cadenas regionales de valor y conectando empresas, universidades, cámaras y gobiernos, podremos construir una región mucho más competitiva frente a los grandes bloques económicos del mundo.

En ese proceso, las Cámaras de Comercio tienen una responsabilidad estratégica.

Por eso considero especialmente relevante el liderazgo que José de Jesús Rodríguez Cárdenas está imprimiendo a AICO. Su visión busca que los vínculos históricos y culturales que unen a nuestros países se traduzcan en algo mucho más tangible: comercio, inversión, innovación, empleo y bienestar.

AICO representa hoy una red de más de 700 cámaras en 25 países y busca consolidarse como un verdadero puente de colaboración empresarial. La Asamblea de Valladolid mostró además una clara vocación de ampliar esos puentes hacia África, India y otros mercados estratégicos.

Esto resulta particularmente importante en momentos en que las cadenas globales de suministro se están reconfigurando, la tecnología modifica los modelos productivos y las empresas buscan nuevos mercados, proveedores y socios confiables.

Las cámaras empresariales pueden convertirse precisamente en esos grandes articuladores: conectar a una PyME mexicana con una empresa española; vincular tecnología europea con capacidad productiva latinoamericana; generar alianzas con África; acercar capital, conocimiento y mercados; y ayudar a que empresas que difícilmente podrían internacionalizarse solas encuentren oportunidades dentro de una gran red empresarial.

La Asamblea dejó, además, un resultado que considero histórico: la Declaración de Valladolid.

Por primera vez, las propuestas consensuadas por las Cámaras de Comercio iberoamericanas serán elevadas a los trabajos preparatorios de la XXX Cumbre Iberoamericana de Jefas y Jefes de Estado y de Gobierno, que se celebrará en Madrid. Esto significa que la voz de quienes todos los días invierten, producen, generan empleos y enfrentan los desafíos de competir llegará a uno de los principales espacios de diálogo político de nuestra comunidad.

La Declaración plantea una Iberoamérica más integrada, conectada y abierta al mundo; promueve comercio, inversión e internacionalización; impulsa transformación digital, formación, talento y emprendimiento; incorpora la sostenibilidad como elemento de competitividad y defiende la seguridad jurídica y los mecanismos de arbitraje y mediación para fortalecer la confianza empresarial.

Es, en los hechos, una agenda de competitividad para Iberoamérica.

Y existe otro elemento que me parece fundamental. En Valladolid no se habló solamente de tecnología; también se habló de personas.

La inteligencia artificial representa probablemente una de las mayores transformaciones productivas de nuestra generación. Pero el desafío no consiste únicamente en incorporar IA a las empresas, sino en utilizarla para incrementar productividad, desarrollar talento y generar mejores oportunidades, especialmente para las micro, pequeñas y medianas empresas.

Tecnología y humanismo no deben ser conceptos contrapuestos. Las empresas del futuro tendrán que ser cada vez más digitales, pero también profundamente humanas.

Desde México tenemos mucho que aportar a esta conversación.

Nuestra posición geográfica, capacidad manufacturera, integración comercial, talento y tamaño de mercado nos convierten en un actor estratégico. Y sectores que durante muchos años fueron considerados únicamente como proveedores de servicios también están evolucionando.

Es el caso de la seguridad privada.

Participar en estos espacios en representación de ASUME confirma que nuestro sector trasciende cada vez más su función tradicional. La seguridad es indispensable para proteger empresas, inversiones, infraestructura, cadenas logísticas y personas; por ello, también es un componente de competitividad y desarrollo económico.

No puede haber inversión sostenible donde no existe certeza, prevención de riesgos y condiciones adecuadas para operar.

La experiencia de Valladolid me deja una convicción: Iberoamérica no necesita descubrir sus fortalezas; necesita conectarlas.

Tenemos materias primas, talento, empresas, universidades, tecnología, capacidad productiva y mercados. El siguiente paso es construir cadenas de valor que permitan transformar nuestros recursos, generar conocimiento y competir juntos.

Durante siglos nos ha unido una historia. Ahora tenemos la oportunidad de que también nos una una estrategia económica de futuro.

Una Iberoamérica integrada puede ser una Iberoamérica más fuerte. Una Iberoamérica que agrega valor puede ser mucho más competitiva. Y una Iberoamérica que trabaja unida puede tener una voz mucho más relevante en la economía global.

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