Por Janette Rodríguez, CEO de DIA1 y Executive Director de la Cámara de Comercio México–Estados Unidos, Capítulo Aguascalientes. Especialista en liderazgo, toma de decisiones y sostenibilidad organizacional.

La industria farmacéutica puede terminar en un medicamento o un dispositivo. Pero comienza mucho antes: en la capacidad de un territorio para sostener ciencia, infraestructura, talento, regulación, logística e inversión al mismo tiempo.

En una reciente reunión de análisis de trabajo con el Dr. José Carlos Ferreyra, mientras revisábamos el comportamiento de la industria farmacéutica, los dispositivos médicos y su relación con el territorio, apareció una pregunta que terminó por ordenar buena parte de esta reflexión: ¿estamos observando al sector únicamente desde el medicamento o el dispositivo que llega al paciente, o desde toda la arquitectura que hace posible investigarlo, desarrollarlo, producirlo, moverlo y mantenerlo competitivo? La diferencia no es menor. Una mirada observa productos; la otra observa capacidad.

Durante años hemos leído a farma principalmente desde salud. Es una lectura indispensable, pero insuficiente para comprender su dimensión económica. Detrás de un medicamento o de un dispositivo médico existe una red de conocimiento, regulación, infraestructura, talento, inversión y relaciones productivas que debe funcionar de manera simultánea. Cuando tantas variables dependen unas de otras, el desempeño deja de explicarse únicamente por la fortaleza de una empresa y comienza a revelar la calidad del territorio que la rodea.

Ahí aparece la arquitectura territorial. No consiste en sumar parques industriales, hospitales, universidades o centros de investigación y asumir que, por existir en el mismo mapa, forman un ecosistema. La arquitectura comienza cuando esas capacidades se conectan. Un territorio puede poseer activos extraordinarios y seguir operando por debajo de su potencial si cada uno funciona de manera aislada. Los sistemas complejos rara vez fracasan sólo por falta de recursos; con frecuencia pierden capacidad precisamente en las interfaces, en aquello que nadie articuló.

México está entrando en una etapa particularmente relevante para observar este fenómeno. En mayo de 2026 se anunciaron más de 21 mil millones de pesos en inversiones farmacéuticas vinculadas al Plan México, con proyectos de producción, infraestructura, investigación y estudios clínicos. Al mismo tiempo, la política federal ha incorporado de manera explícita medicamentos, insumos para la salud, dispositivos médicos e investigación científica dentro de los mecanismos para promover inversión en territorio nacional. El mensaje de fondo es importante: salud comienza a leerse también como capacidad productiva estratégica.

Pero atraer capital es apenas la primera capa. La pregunta verdaderamente territorial es qué ocurre después de que una inversión llega. ¿Encuentra talento capaz de escalar con ella? ¿Puede desarrollar proveedores? ¿Se conecta con investigación, servicios especializados, logística y conocimiento? ¿Genera capacidades que permanecen en la región aun cuando cambie el ciclo económico? Es ahí donde una inversión deja de ser solamente un proyecto y comienza a convertirse en plataforma.

El contraste entre Querétaro y Nuevo León permite observar dos momentos distintos de esa evolución. Querétaro está mostrando una dinámica particularmente interesante de expansión mediante nueva inversión vinculada con salud y dispositivos médicos. Más que convertirlo en un ranking entre estados, vale la pena leerlo como un territorio que está ampliando su plataforma y que tiene ante sí el desafío de transformar esa nueva capacidad instalada en relaciones productivas, conocimiento y especialización regional.

Nuevo León permite observar otra dimensión. Su red de clústeres alcanzó en 2025 quince agrupamientos que integraban 827 empresas, más de 270 mil empleos y setenta comités de trabajo; ese mismo año incorporó Salud y Turismo Médico a una estructura que ya conectaba sectores industriales, innovación y cadenas productivas. El dato relevante no es únicamente el tamaño. Es la densidad de relaciones que puede construirse cuando empresas, academia, infraestructura y organizaciones intermedias encuentran mecanismos permanentes para colaborar.

El caso de Nuevo León confirma algo que considero fundamental: la competitividad de un territorio deja de medirse únicamente por cuántas plantas logra atraer y comienza a medirse por la capacidad de conectar las que ya tiene. Cuando manufactura, hospitales, investigación clínica, biotecnología, dispositivos médicos y talento empiezan a reconocerse como partes de un mismo sistema, el verdadero activo deja de ser la infraestructura aislada y pasa a ser la arquitectura de colaboración que permite aprovecharla.

Ahí aparece una diferencia crítica. Atraer inversión crea capacidad instalada; articularla convierte esa capacidad en escala, resiliencia y poder económico. Bajo esa lectura, Querétaro ofrece hoy un caso especialmente interesante para estudiar la expansión mediante nueva inversión, mientras Nuevo León permite observar el valor de una densidad productiva que lleva años construyendo conexiones. No son modelos opuestos ni una competencia por determinar cuál es mejor. Son dos momentos de una misma evolución territorial: incorporar capacidades y después conectarlas hasta convertirlas en ecosistema.

Esta distinción importa porque una planta puede producir, contratar y exportar sin necesariamente transformar el territorio que la recibe. La transformación ocurre cuando alrededor de ella comienza a crecer algo que antes no existía: proveedores con mayor especialización, conocimiento transferido, nuevas competencias profesionales, investigación aplicada, servicios de mayor valor y relaciones capaces de generar oportunidades adicionales. La inversión es visible; el ecosistema que logra permanecer después es el verdadero indicador de profundidad.

La industria de la salud resulta especialmente útil para entenderlo porque obliga a mirar simultáneamente capacidad humana, conocimiento científico, regulación, manufactura, logística y riesgo. La pandemia dejó claro que una cadena diseñada exclusivamente para maximizar eficiencia puede convertirse en vulnerabilidad cuando se interrumpe el suministro de productos críticos. Desde entonces, producir cerca, diversificar capacidades y fortalecer cadenas dejó de ser solamente una conversación de costos. También es una conversación de resiliencia.

Por eso la arquitectura territorial no consiste en declarar vocaciones. Consiste en demostrar que un territorio puede sostenerlas. No todos los estados necesitan convertirse en clústeres farmacéuticos ni replicar el modelo de otra región. Algunos podrán construir ventajas en investigación clínica; otros en dispositivos, manufactura avanzada, logística, biotecnología o servicios especializados. La estrategia comienza cuando una región identifica dónde puede aportar valor real y qué conexiones necesita construir para que esa ventaja sea sostenible.

Ésa es quizá la conversación más relevante para México. Durante años medimos el éxito territorial por el anuncio de nuevas inversiones. Hoy necesitamos agregar una segunda pregunta: ¿qué capacidad queda después del anuncio? Si la llegada de capital no modifica la calidad de las conexiones entre empresa, conocimiento, talento e instituciones, tendremos instalaciones. Si logra articularlas, tendremos desarrollo.

Una inversión puede instalar una planta. Un incentivo puede ser igualado por otra región. Incluso cierta infraestructura puede replicarse. Lo verdaderamente difícil de copiar es un territorio que ha aprendido a colaborar, acumular conocimiento y convertir relaciones en capacidad de ejecución. Ahí está la diferencia entre atraer inversión y construir poder económico. Y ahí, precisamente, comienza la arquitectura territorial.

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