El verdadero impacto económico de un terremoto y la importancia de proteger lo que tomó toda una vida construir
Por Mundo Empresarial para COPARMEX
Los terremotos duran apenas unos segundos; sus consecuencias económicas pueden extenderse durante décadas. El movimiento de la tierra termina cuando cesan las vibraciones, pero es precisamente en ese instante cuando comienza otra sacudida, mucho más silenciosa y profunda: la que experimentan las familias que han perdido su hogar, las empresas que ven interrumpidas sus operaciones, los inversionistas que posponen decisiones estratégicas y los gobiernos que deben redireccionar miles de millones de pesos o de dólares destinados al desarrollo para atender la emergencia y emprender la reconstrucción. La verdadera magnitud de un sismo no se mide únicamente en grados o en intensidad, sino también en el costo que representa para la economía, la productividad y el patrimonio de toda una sociedad.
El reciente sismo registrado en Venezuela vuelve a recordarnos que los fenómenos naturales no distinguen entre economías fuertes o frágiles. Mientras continúan las evaluaciones oficiales, diversos especialistas estiman que las pérdidas económicas podrían superar los diez mil millones de dólares, una cifra especialmente delicada para un país que ya enfrentaba importantes desafíos económicos antes del desastre. La infraestructura pública, hospitales, viviendas, carreteras y servicios estratégicos requerirán inversiones multimillonarias para recuperar su funcionamiento, demostrando una vez más que el verdadero impacto de un terremoto comienza cuando la tierra deja de moverse.
Mucho más que edificios derrumbados
Desde una perspectiva empresarial, un terremoto representa mucho más que la destrucción física de inmuebles. Una planta industrial que deja de operar interrumpe la producción, un centro logístico paralizado rompe cadenas de suministro nacionales e internacionales, un puerto o aeropuerto fuera de servicio afecta el comercio exterior, mientras que miles de pequeñas y medianas empresas ven suspendidas sus ventas precisamente cuando más necesitan liquidez. El efecto se multiplica rápidamente sobre el empleo, el consumo, la inversión y la confianza de los mercados, generando un círculo que puede extenderse durante meses o incluso años.
Por ello, organismos como el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y Naciones Unidas coinciden en que los terremotos no deben analizarse únicamente como desastres naturales, sino como riesgos económicos capaces de modificar el crecimiento de un país. La resiliencia, entendida como la capacidad para recuperarse rápidamente después de una crisis, se ha convertido en un indicador tan importante como la estabilidad financiera o la competitividad industrial.
Lo anterior explica por qué las economías más desarrolladas destinan miles de millones de dólares cada año a fortalecer sus reglamentos de construcción, desarrollar sistemas de alerta temprana, modernizar infraestructura crítica y diseñar mecanismos financieros que permitan responder con rapidez ante una emergencia. En materia de desastres naturales, la prevención no representa un gasto adicional; constituye una inversión que protege vidas, patrimonio y crecimiento económico.
Las lecciones que ha dejado la historia
Los grandes terremotos de las últimas décadas permiten dimensionar con claridad el enorme desafío económico que representan.
En México, el terremoto de 1985 marcó un antes y un después no sólo por la tragedia humana, sino también por su impacto financiero. Las pérdidas se estiman hoy en alrededor de 4,100 millones de dólares, equivalentes a casi 2.7% del Producto Interno Bruto de aquella época. La reconstrucción modificó para siempre la normatividad de construcción, dio origen al moderno Sistema Nacional de Protección Civil y transformó la manera en que las ciudades mexicanas comenzaron a prepararse frente al riesgo sísmico.
Treinta y dos años más tarde, el sismo del 19 de septiembre de 2017 volvió a poner a prueba al país. Aunque los daños materiales fueron importantes, las pérdidas económicas representaron aproximadamente 2,500 millones de dólares, equivalentes apenas al 0.15% del PIB nacional, una diferencia que demuestra el enorme valor económico de haber invertido durante décadas en mejores reglamentos de construcción, sistemas de alerta temprana y protocolos de respuesta. La conclusión resulta evidente: la prevención no sólo salva vidas; también protege la economía.
La experiencia internacional confirma el mismo principio. El terremoto y posterior tsunami que golpearon Japón en 2011 provocaron pérdidas superiores a 235 mil millones de dólares, convirtiéndose en el desastre natural más costoso de la historia moderna; el sismo de Sichuan, en China, generó daños cercanos a 150 mil millones de dólares; Turquía y Siria enfrentaron en 2023 pérdidas superiores a los 100 mil millones de dólares, mientras que Nueva Zelanda destinó alrededor de 40 mil millones de dólares para reconstruir Christchurch. Más allá de las diferencias geográficas, todos estos casos comparten una misma enseñanza: recuperar la actividad económica toma mucho más tiempo que reconstruir un edificio.
Los costos que casi nunca aparecen en las noticias
Cuando los reflectores dejan de apuntar hacia las labores de rescate comienza una etapa mucho menos visible, pero igualmente determinante. Los economistas la conocen como pérdidas indirectas y, en muchas ocasiones, terminan siendo incluso mayores que los daños materiales. La interrupción de las cadenas de suministro, la cancelación de proyectos de inversión, la disminución del turismo, el cierre definitivo de pequeñas empresas, el aumento de los costos logísticos, la reducción en la recaudación fiscal y el incremento en las primas de seguros conforman un conjunto de efectos que afectan la productividad de una nación durante varios años.
Diversos análisis publicados por The Economist sostienen que la resiliencia urbana dejó de ser exclusivamente un asunto de ingeniería para convertirse en una estrategia económica de largo plazo. Las ciudades que invierten de manera constante en infraestructura resistente, planeación territorial y mecanismos financieros de protección no sólo reducen el número de víctimas, sino que también disminuyen el costo económico de los desastres y aceleran la recuperación de su actividad productiva. En otras palabras, reconstruir siempre será mucho más costoso que prevenir.
El patrimonio también necesita protección
Existe, sin embargo, una dimensión del problema que con frecuencia pasa desapercibida. Mientras los gobiernos cuantifican daños y las empresas calculan pérdidas operativas, miles de familias descubren que el patrimonio construido durante toda una vida puede desaparecer en menos de un minuto. Una vivienda no representa únicamente un inmueble; concentra años de trabajo, ahorro, esfuerzo y estabilidad familiar. Del mismo modo, una nave industrial, una oficina, un local comercial o una bodega son mucho más que activos físicos: constituyen la base sobre la cual operan empresas que generan empleo, pagan impuestos y sostienen la economía de miles de hogares.
El Banco Mundial estima que, en los países en desarrollo, más del 90% de las pérdidas económicas ocasionadas por desastres naturales no cuentan con cobertura de seguros, lo que significa que la recuperación termina dependiendo del patrimonio personal de las familias, de la capacidad financiera de las empresas o, finalmente, de los recursos públicos. Dicho de otra manera, cuando una vivienda, un edificio o una planta industrial no están asegurados, el costo del desastre deja de ser únicamente un problema individual y termina convirtiéndose en un desafío para toda la sociedad.
En un país como México, ubicado en una de las regiones sísmicas más activas del planeta, esta realidad debería llevarnos a una profunda reflexión. A pesar de los avances en materia de prevención, todavía existe una importante brecha de aseguramiento entre viviendas, pequeños comercios y empresas, dejando expuestos activos que tardaron décadas en construirse y que pueden perderse en cuestión de segundos.
La resiliencia comienza antes del desastre
Los especialistas en continuidad de negocio coinciden en que las organizaciones que mejor enfrentan una emergencia no son necesariamente las más grandes, sino aquellas que estaban preparadas. Contar con planes de continuidad operativa, respaldar la información crítica, diversificar proveedores, capacitar permanentemente al personal y mantener protegidos los activos estratégicos mediante seguros adecuados constituye hoy una parte esencial de la gestión empresarial.
Un seguro nunca evitará que ocurra un terremoto, pero sí puede marcar la diferencia entre reconstruir o empezar de cero. Para una empresa representa la posibilidad de volver a operar, conservar empleos y cumplir compromisos con clientes y proveedores; para una familia significa proteger el patrimonio que tomó toda una vida construir; y para un país implica reducir la presión sobre las finanzas públicas y acelerar la recuperación económica después de un desastre.
Quizá esa sea la enseñanza más valiosa que deja cada gran sismo. Prepararse significa construir mejor, fortalecer la infraestructura, establecer protocolos eficaces de protección civil y proteger financieramente aquello que tomó décadas levantar. Asegurar una vivienda, una oficina, una planta industrial o cualquier bien inmueble no debería entenderse como un gasto opcional ni como un requisito impuesto por una institución financiera; debe asumirse como una decisión responsable de administración patrimonial. Porque un edificio puede reconstruirse, una empresa puede volver a producir y una familia puede recuperar la estabilidad que parecía perdida, pero únicamente cuando existen los recursos financieros para hacerlo; de lo contrario, un fenómeno natural que dura apenas unos segundos puede convertirse en una crisis económica que se prolongue durante años.
En un entorno donde los fenómenos naturales son cada vez más frecuentes y costosos, la cultura de la prevención debe ir mucho más allá de los simulacros o de las revisiones estructurales. Debe incorporar una verdadera cultura del aseguramiento, una visión de largo plazo que permita proteger no sólo el patrimonio individual, sino también la capacidad productiva de nuestras ciudades y la fortaleza económica del país. Al final, la resiliencia no comienza cuando la tierra tiembla; comienza mucho antes, con decisiones responsables que hoy parecen una inversión más dentro del presupuesto, pero que mañana pueden representar la diferencia entre reconstruir el futuro o perderlo todo.