La transformación de los medios de pago está abriendo nuevas oportunidades para los delincuentes, que ahora combinan tecnología, ingeniería social y redes criminales transnacionales para atacar a usuarios, comercios e instituciones financieras.

El fraude financiero ya no ocurre únicamente frente a un cajero automático o mediante una tarjeta clonada. La digitalización de los medios de pago ha trasladado buena parte de la batalla al teléfono móvil, las terminales de pago y los sistemas que conectan a consumidores, comercios y bancos.

Este fue uno de los principales planteamientos expuestos durante el tradicional desayuno de ASIS Capítulo México, celebrado el pasado 1 de septiembre, que contó con la participación de Carlos Lang Merino, especialista en prevención de fraude financiero, ciberseguridad e investigación de malware.

La dimensión del problema es significativa. De acuerdo con la exposición, el cajero automático continúa siendo uno de los canales más atacados de las instituciones financieras, debido a que concentra dos activos de enorme valor para los delincuentes: dinero e información. Mientras un ataque físico puede representar el robo de efectivo, la extracción de información financiera puede generar pérdidas considerablemente mayores.

Sin embargo, el escenario está cambiando.

El teléfono móvil se convierte en una nueva llave

La migración del efectivo y las tarjetas físicas hacia los dispositivos móviles ha convertido al smartphone en una pieza central de la vida financiera de millones de personas. Hoy, un teléfono puede contener tarjetas bancarias, aplicaciones de pago, información personal, cuentas digitales y mecanismos de autenticación.

Por ello, robar un teléfono puede significar mucho más que apoderarse de un dispositivo.

Durante la conferencia se explicó que en determinados escenarios los delincuentes pueden observar el código de acceso de un usuario, sustraer posteriormente el teléfono y utilizar esa información para intentar tomar control del dispositivo y de las cuentas asociadas. Los conciertos y otros eventos masivos representan un entorno particularmente atractivo para este tipo de delincuencia, debido a la concentración de personas y a que los usuarios suelen utilizar sus teléfonos constantemente.

El fenómeno, además, no parece limitarse a un país. La investigación presentada señaló casos en distintas regiones del mundo en los que teléfonos robados terminan siendo enviados a China, lo que apunta a la existencia de cadenas internacionales para su explotación y comercialización.

Cuando el teléfono robado sigue trabajando

Uno de los aspectos más inquietantes de este fenómeno es que el dispositivo puede convertirse en una herramienta dentro de una operación criminal mucho más amplia.

La presentación mostró ejemplos de las denominadas “granjas de teléfonos”, instalaciones en las que numerosos dispositivos pueden utilizarse para realizar actividades fraudulentas. Entre los riesgos mencionados se encuentran la manipulación de sistemas de pago, la utilización de identidades digitales y la realización de transacciones mediante esquemas que buscan engañar a las terminales.

La amenaza alcanza también a las propias terminales de pago.

Uno de los escenarios descritos consiste en utilizar dispositivos para modificar la manera en que una terminal procesa una transacción, incluso recurriendo a mecanismos de autorización fuera de línea. En determinadas circunstancias, esto puede permitir que una operación sea autorizada localmente y que el establecimiento descubra el problema hasta después de que el consumidor o delincuente haya abandonado el lugar.

El fraude también cruza fronteras

La sofisticación tecnológica está acompañada por una creciente dimensión internacional.

Durante la exposición se presentaron casos de dispositivos capaces de interceptar información relacionada con tarjetas y transmitirla a distancia. También se explicó el denominado EMV Relay, mediante el cual los delincuentes buscan aprovechar la comunicación entre una tarjeta, una terminal y otros dispositivos para realizar operaciones fraudulentas.

El problema es que las herramientas utilizadas ya no parecen responder únicamente a operaciones artesanales. La presentación destacó la calidad y escala de fabricación de algunos de estos dispositivos, muchos de ellos producidos para ser utilizados de manera masiva.

La velocidad de propagación también preocupa. Según los datos presentados durante el encuentro, Europa registró un fuerte incremento de ataques relacionados con estas modalidades entre 2024 y el primer semestre de 2025.

Del fraude tecnológico al crimen organizado

Quizá el aspecto más preocupante de la investigación expuesta en ASIS es que detrás de algunas de estas operaciones no solamente aparecen hackers o defraudadores individuales.

La conferencia vinculó determinadas redes de fraude con estructuras internacionales de crimen organizado, centros de llamadas fraudulentos y explotación de personas. Se expuso que algunas víctimas son atraídas mediante falsas ofertas de empleo y posteriormente sometidas a condiciones de explotación para realizar actividades ilícitas.

Esta dimensión modifica por completo la manera de entender el problema.

El fraude financiero deja de ser exclusivamente un asunto tecnológico para convertirse en un fenómeno que involucra ciberseguridad, seguridad física, inteligencia financiera, protección de datos, investigación criminal y cooperación internacional.

La exposición también hizo referencia a investigaciones que apuntan a posibles vínculos entre organizaciones criminales mexicanas y centros de fraude instalados en otras regiones del mundo. Se trata de un escenario que, de confirmarse en cada caso, mostraría cómo el llamado “crimen como servicio” permite contratar capacidades específicas —desde infraestructura tecnológica hasta operadores— para ejecutar actividades delictivas.

La prevención comienza con el usuario

Ante este escenario, la seguridad ya no puede depender exclusivamente de los bancos o de las autoridades.

Una parte importante de la prevención comienza con el propio usuario. La conferencia puso especial atención en las funciones de pago sin contacto y en los mecanismos que permiten realizar determinadas operaciones desde dispositivos móviles sin desbloquear completamente el teléfono.

La recomendación de fondo es sencilla, aunque su impacto puede ser considerable: conocer y revisar las configuraciones de seguridad del teléfono, proteger los códigos de acceso y limitar aquellas funciones que puedan utilizarse cuando el dispositivo está bloqueado.

En paralelo, las instituciones financieras y los comercios enfrentan el reto de actualizar sus sistemas a una velocidad mayor que la de los delincuentes.

Una nueva carrera tecnológica

La evolución del fraude financiero demuestra que cada avance en los medios de pago genera, al mismo tiempo, nuevos retos de seguridad.

La clonación tradicional de tarjetas dio paso a ataques sobre chips y terminales; después llegaron las amenazas contra dispositivos móviles y ahora aparecen esquemas que combinan malware, ingeniería social, dispositivos especializados y redes criminales internacionales.

El mensaje para empresas e instituciones es claro: la seguridad no puede ser estática.

En un ecosistema donde una transacción puede comenzar en Londres, utilizar infraestructura ubicada en otro país y terminar afectando a un usuario en México, la prevención exige compartir información, desarrollar inteligencia y reaccionar con rapidez.

El verdadero desafío ya no consiste solamente en impedir que alguien robe una tarjeta o un teléfono. Consiste en impedir que ese dispositivo, esa identidad o esa transacción se conviertan en una pieza de una maquinaria criminal global.

Y en esa nueva batalla, la anticipación puede ser la diferencia entre detectar un intento de fraude y convertirse en su próxima víctima.

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