Por Anton Martínez

La gobernanza real no vive en los manuales del Consejo Coordinador Empresarial —esos que todos presumen en la portada del informe anual pero que nadie ha leído más allá del índice—La gobernanza real sucede cuando se cierra la puerta del Consejo y empieza el juego verdadero: donde el poder se huele, el propósito se negocia como si fuera un contrato mal redactado y la percepción manda como un dictador tropical.

Aquí no venimos a recitar principios. Venimos a decir lo que pasa cuando los códigos se quedan cortos y los egos se desbordan como café de oficina en tasas con poros.

1. El Consejo como ecosistema… o como coliseo, según quién llegó de malas

Los códigos hablan de quórums, facultades y comités. La vida real habla de:

  • Confianza que se gana con hechos, no con discursos de bienvenida.
  • Claridad que incomoda a los que viven de la ambigüedad.
  • Ritmo que se rompe cuando alguien llega con su agenda personal disfrazada de “preocupación estratégica”.
  • Egos que, si no se administran, convierten la sesión en un concurso de testosterona corporativa.
  • Conversaciones incómodas que, si no se tienen, revientan como boiler en la cara.

Un Consejo se gobierna por estatutos, sí… Pero se maneja por la capacidad de decir lo que nadie quiere escuchar sin que la sala se incendie.

La gobernanza para mortales empieza cuando aceptamos que un Consejo no es un organigrama: es un ecosistema vivo, a veces sofisticado, a veces salvaje, siempre humano.

Un Consejo que funciona no es el que cumple la norma. Es el que evita que la empresa se estrelle mientras todos fingen que todo va bien.

2. La Asamblea: el confesionario donde los accionistas se quitan la máscara

La Asamblea es ese ritual donde:

  • los intereses se alinean… o se apuñalan,
  • el accionista dominante intenta imponer su voluntad como si fuera ley divina,
  • el propósito se discute entre susurros, (lo más preocupante es que la mayoría de las empresas, carecen de consejos con propósito, ni siquiera lo entienden)
  • y el legado se invoca como si fuera un santo patrono que carece de honestidad dejando hijos que no son capaces, excluyendo a externos con capacidades reales, o si dejando hijos con capacidad, pero con falta de guía y mentoría.

La Asamblea revela lo que la empresa es cuando nadie está impulsando: un ecosistema emocional con objetivos de generación de riqueza de por medio.

El poder, el propósito y la percepción, se decide si la empresa tiene futuro… o si solo tiene herederos…o peor aún, si ya no tiene razón para continuar.

3. Consejos prácticos, accionables y sin anestesia

Aquí no hay teoría. Hay experiencia, cicatrices y uno que otro déjà vu corporativo.

✔ “Si tu Consejo huele a trámite, es porque ya dejó de gobernar. Lo único que administra es la minuta de asuntos rutinarios.”

✔ “Haz que el director general rinda cuentas sin apapacharlo (si es el hijo del dueño) y sin destruirlo (si no lo es). La línea es tan delgada que debería venir con advertencia sobre exceso de azucares, sodio, grasas y otras tantas hierbas”

✔ “Delegar sin abdicar: el arte que separa a los líderes de los que viven en modo bombero. El que vive en la urgencia es, básicamente, un tonto con prisa.”

✔ “Evita que la Asamblea se convierta en un ring… o peor: en un funeral lleno de Yes Men que asienten como si entendieran que solo desean preservar sus lugar y sus intereses personales siempre por encima de los intereses de la empresa.”

✔ “El presidente del Consejo debe ser árbitro, brújula y mentor. Si solo sirve para cortar listones, que lo manden a Relaciones Públicas.”

✔ “Escucha a los consejeros externos. Si no los vas a escuchar, ¿para qué cuernos los invitaste? Como digo siempre: ‘Si ya sabes cómo me pongo, ¿para qué me invitas?’”

4. Los códigos no bastan (y quien diga lo contrario nunca ha gobernado nada)

Los códigos de gobierno corporativo son como recetarios de cocina francesa: impecables, elegantes… y diseñados para que te quemes de vez en cuando,si los sigues al pie de la letra.

La vida real se parece más a una cocina de fonda:

  • oficio,
  • intuición,
  • y una regla de oro: elige tus ingredientes esenciales y enfócate en contar con ellos siempre.

Para operar la cocina están tus directores. Para decidir qué se cocina, estás tú. Y si no sabes qué quieres cocinar, no culpes al chef: el problema eres tú.

Esta serie empieza aquí: cómo lograr que un Consejo tenga sentido, que una Asamblea no sea un trámite y que los directivos reciban dirección sin sentir que los accionistas les respiran en la nuca como inspectores del SAT.

5. El propósito

Este capítulo pone las cartas sobre la mesa:

  • Desmitificar la gobernanza.
  • Aterrizarla en la realidad humana, política y emocional.
  • Dar herramientas que sirvan en una sesión real, no es un curso de verano.
  • Nombrar lo que nadie nombra.
  • Exponer lo que hace que un Consejo funcione… o fracase con estrépito.

Los siguientes capítulos profundizarán en lo que realmente mueve la aguja: el rol del presidente, la psicología del accionista, la dinámica del director general, la voz del consejero externo y la Asamblea como ritual de poder.

6. Corolario

La gobernanza para mortales no es teoría. Es práctica, oficio, sensibilidad, valentía y timing quirúrgico.

Es saber cuándo hablar, cuándo callar, cuándo confrontar y cuándo contener. Esto último me recuerda cuando era pequeño a mi madre, que me decía: “Elige bien a tus amigos. Los tontos se pegan más rápido que los que valen la pena”. Ese consejo aplica igualito para elegir socios, consejeros y colaboradores.

Un Consejo no es un salón de clases. Es el lugar donde se juega el destino de una empresa… y, cuando hay familia de por medio, el destino emocional de varias generaciones.

Este capítulo abre la conversación. Lo que viene después es lo que realmente transforma.

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