ANTONIETA RIVAS MERCADO: ENTRE EL MECENAZGO Y LA ESCRITURA
MIRIAM SUÁREZ DE LA VEGA
Hay figuras en la historia cultural de un país que no aparecen en los primeros planos del canon, pero sin las cuales el canon sería imposible. Antonieta Rivas Mercado (Ciudad de México, 1900–París, 1931) es, en la historia literaria y artística mexicana, una de esas presencias que sostienen desde la sombra luminosa del mecenazgo una época entera. Hija del arquitecto Antonio Rivas Mercado, autor del Ángel de la Independencia, fue heredera de un apellido aunado a una interesante sensibilidad estética, además de la voluntad de acción cultural que la colocaron, durante la década de los años veinte, en el centro de la vida intelectual posrevolucionaria en México.
No obstante, reducir a Antonieta al papel de benefactora guiaría a cometer una injusticia tanto histórica como de género, en tanto, su relevancia como escritora, autora de cartas, cuentos, crónicas y ensayos, revelan una voz propia, vital, profunda y rotunda en la observación implacable de una sociedad que apenas comenzaba a reinventarse tras la revolución. La suya es, en suma, una figura doble, aquella de la mujer que financia proyectos sobre los cuales se edificaría una propuesta cultural de alto alcance en nuestro país; a la vez, la mujer que crea, promueve sus propias letras, organiza e imagina. Esta dualidad como empresaria y literata implica la clave que permite comprender la magnitud de su contribución.
Cuando el arquitecto Antonio Rivas Mercado murió en 1927, dejó a su hija una fortuna considerable y, sobre todo, una red de relaciones en el mundo del arte y la arquitectura que Antonieta no tardó en transformar en palanca cultural. Su formación como gestora cultural fue el resultado esperado luego de años de convivencia en el mundo artístico, su educación cosmopolita que incluyó estancias en Europa le aseguró una mirada más vasta, a ello hay que adicionar un temperamento que sabía ver en los demás lo que ellos mismos no terminaban de apreciar en sí mismos.
Es en este punto donde la figura del mecenas, relacionada históricamente con figuras masculinas ligadas al poder político o financiero, adquiere en Antonieta Rivas Mercado una inflexión novedosa. Elemental resultaría describirla como una mujer que reprodujo el modelo del patrón ilustrado, se trató más bien de alguien que intervino en el campo cultural con criterio propio, tomando decisiones editoriales, artísticas y pedagógicas con la misma soltura con que administró los recursos materiales que las hicieron posibles. Su mecenazgo fue, en este sentido, intelectualmente activo, es decir, no se limitó a generar donaciones desde fuera, por el contrario, ella misma participó desde el centro de lo que financió y promovió.
El episodio más emblemático del mecenazgo de Antonieta Rivas Mercado es, sin duda, su apoyo financiero y organizativo al Teatro de Ulises, fundado en 1928 por Gilberto Owen, Xavier Villaurrutia y Salvador Novo, entre otros miembros del grupo de los Contemporáneos. El teatro, que tomó su nombre de la novela de James Joyce como gesto programático, fue un proyecto de vanguardia que buscaba romper con el costumbrismo teatral dominante e introducir al público mexicano obras de Eugene O’Neill, Jean Cocteau y Antón Chéjov, entre otros autores europeos y norteamericanos que entonces eran prácticamente desconocidos en el país. Antonieta aportó su propia casa para los ensayos, su biblioteca para la documentación dramatúrgica y su influencia social para conseguir el difícil equilibrio entre lo experimental y lo visible que un proyecto así requería. La historiadora Fabienne Bradu, quien ha estudiado con rigor documental la figura de Rivas Mercado, señala que sin su intervención el Teatro de Ulises probablemente no hubiera superado su primera temporada. Se trataba de un proyecto caro, arriesgado y poco comprensible para los patrocinadores convencionales, exactamente el tipo de proyecto para el que ella parecía haber sido formada.
Más conocido es su vínculo de Antonieta Rivas Mercado con José Vasconcelos durante la campaña presidencial de 1929. Más allá de la relación amorosa que sostuvo con él, conviene atender su relación como la más comprometida organizadora de campaña, su financiadora en los momentos de mayor estrechez y, en muchos sentidos, la inteligencia logística que mantuvo vivo un movimiento político que tenía pocas posibilidades reales de triunfar. La derrota de Vasconcelos, que muchos consideraron un fraude electoral orquestado por el maximato callista, fue la con mayor desgaste la derrota de Antonieta. Su dinero se esfumó, sus alianzas políticas se rompieron y la ilusión de una transformación democrática del país quedó sepultada bajo la consolidación del Partido Nacional Revolucionario. El exilio fue la consecuencia lógica, y en él la vida de Rivas Mercado comenzó a apagarse con la rapidez de quien apostó todo a una sola mano.
Sin embargo, incluso en su compromiso político es viable leer la marca de la doble condición ya aludida. Antonieta fue más que un apoyo militante a Vasconcelos, se mostró como la intelectual que vio en aquel proyecto una continuación posible del programa cultural que ya había gestado. La política, para ella, era inseparable de la cultura; el mecenazgo literario y el activismo cívico formaban parte de un mismo impulso transformador.
Si el mecenazgo de Antonieta Rivas Mercado es relativamente conocido en los círculos académicos, su obra escrita sigue siendo, paradójicamente, uno de los archivos más subestimados de la literatura mexicana. Sus cartas, escritas con una soltura y una densidad emocional que recuerdan a las de Virginia Woolf, constituyen un corpus que merece ser leído más allá del documento biográfico, se trata de un valiosísimo texto literario autónomo. En ellas aparece una escritora que ha leído mucho y a profundidad, que conoce los debates estéticos de su época, que tiene opiniones firmes sobre la relación entre el arte y la vida, que es capaz de desplegar en una carta privada el mismo rigor crítico que otros reservan para el ensayo publicado. Sus crónicas de viaje por Europa, sus notas de lectura, sus apuntes sobre el teatro y la pintura revelan a alguien para quien escribir representaba una necesidad de orden epistemológico, es decir, una forma de comprender el mundo y de posicionarse en él.
Sus cuentos, aunque escasos, muestran también una voluntad narrativa que experimenta con el punto de vista y con el tiempo interior mucho antes de que estas preocupaciones se convirtieran en la norma del modernismo hispanoamericano. Hay en ellos ecos de la literatura fantástica, pero también una atención a la subjetividad femenina que los emparenta, aunque quizás de modo inconsciente, con la tradición de escritura de mujeres que en México apenas comenzaba a articularse.
El 11 de febrero de 1931, Antonieta Rivas Mercado se quitó la vida en la catedral de Notre Dame de París con una pistola que fuera de Vasconcelos. Apenas tenía treinta años. El gesto ha sido interpretado de múltiples maneras, como el acto final de una mujer devastada por el fracaso político y amoroso, como una declaración estética en la que la muerte se convierte en el último de los proyectos, como la consecuencia inevitable de una vida que se había gastado completa y sin reservas. Lo que ninguna de estas lecturas debe oscurecer es la magnitud de lo que Antonieta hizo mientras vivió. En poco más de una década de actividad pública, de 1920 a 1931, contribuyó de manera decisiva a configurar el campo cultural mexicano posrevolucionario, apoyó el teatro de vanguardia, financió una campaña política que representaba la apuesta democrática más seria de su generación y escribió una obra que todavía espera la lectura sistemática que merece.
Hoy decidí inaugurar esta columna con un pleno reconocimiento a Antonieta Rivas Mercado, quien de manera evidente sostuvo la antorcha de un periodo cultural emblemático. En este sentido, hay una última dimensión sobre ella que conviene subrayar, especialmente desde una perspectiva de la historia cultural, su mecenazgo puede ser comprendido como una forma de escritura, es decir, como una práctica significante mediante la cual una mujer inscribe su nombre en el texto de la cultura de su tiempo. En una época en que las mujeres tenían acceso muy restringido al espacio público de la producción intelectual, el dinero podía funcionar como un medio de enunciación alternativo, quien decide qué se publica, qué obra de teatro se monta, qué artista recibe apoyo, ejerce, aunque sea por delegación, una autoridad estética y una voluntad de mundo. Antonieta Rivas Mercado comprendió esto con una claridad que sus contemporáneos masculinos raramente le reconocieron. Entender su figura como mecenas y como escritora de manera alternativa, permite articular ambas dimensiones sin subordinar una a la otra. No fue mecenas porque no pudo ser escritora, ni escritora a pesar de ser mecenas, ella pudo transitar en ambas facetas con la misma energía y con la misma lucidez, en una época cifrada por la exclusión a este tipo de presencias. Esa tensión, ese doble impulso, es indudablemente, el rasgo más moderno de su perfil intelectual.