Armando Zúñiga Salinas
Presidente de Grupo IPS | Presidente de ASUME | Vicepresidente Nacional de Comunicación COPARMEX

Desde São Paulo, Brasil, en el marco del World Security Congress, con la presencia de ASUME y AMESP se confirma una realidad que en México hemos sostenido durante años, pero que hoy cobra dimensión global: la seguridad privada ha dejado de ser un actor periférico para convertirse en un componente esencial de la arquitectura de seguridad de los países.

La participación de representantes de los cinco continentes en este foro internacional deja una conclusión clara: ningún Estado, por robusto que sea, puede enfrentar en solitario los desafíos actuales en materia de seguridad. La complejidad de los riesgos —desde la delincuencia organizada hasta la protección de infraestructuras críticas y cadenas logísticas— exige modelos colaborativos donde la seguridad privada actúe como auxiliar, complemento y socio estratégico de la seguridad pública.

México no es ajeno a esta realidad. Con más de 800 mil empleos generados y presencia en prácticamente todos los sectores productivos, la seguridad privada se ha consolidado como uno de los principales pilares de operación para empresas, instituciones y comunidades. Sin embargo, el reto no está en el tamaño del sector, sino en su integración efectiva dentro de una estrategia nacional de seguridad.

Hoy enfrentamos una oportunidad histórica.

Mientras en países como España o Colombia los modelos de coordinación público-privada han demostrado ser altamente efectivos, en México seguimos avanzando de manera desigual. Existen esfuerzos relevantes a nivel local y federal, pero aún falta consolidar una visión estructural que reconozca plenamente el valor estratégico del sector.

La clave está en tres ejes fundamentales:

Primero, la coordinación real.
No basta con reconocer a la seguridad privada como coadyuvante; es indispensable establecer mecanismos formales, permanentes y medibles de colaboración con las autoridades. Intercambio de información, protocolos conjuntos y esquemas de respuesta coordinada deben dejar de ser excepciones para convertirse en regla.

Segundo, la profesionalización.
El futuro de la seguridad privada no está en la cantidad, sino en la calidad. Capacitación continua, certificaciones, uso de tecnología e inteligencia de datos serán los diferenciadores de las empresas que lideren el sector en los próximos años.

Tercero, la regulación efectiva.
La pendiente histórica de una Ley General de Seguridad Privada —mandatada desde la reforma al artículo 73 constitucional— sigue siendo uno de los grandes vacíos. Sin un marco normativo homologado, el sector continuará enfrentando distorsiones que afectan tanto la competitividad como la seguridad misma.

Pero más allá de los retos, lo que se percibe a nivel global es una tendencia irreversible: la seguridad del futuro será colaborativa, tecnológica y basada en inteligencia.

En este contexto, México tiene una ventaja competitiva que no debe subestimarse: su experiencia operativa en entornos complejos. Las empresas mexicanas de seguridad privada han desarrollado capacidades únicas para operar en escenarios de alto riesgo, lo que nos posiciona no solo como actores relevantes a nivel nacional, sino como referentes potenciales en América Latina.

Desde el World Security Congress, el mensaje es contundente:
los países que logren integrar de manera efectiva a la seguridad privada en su estrategia nacional serán los que generen mayores condiciones de estabilidad, inversión y crecimiento.

México tiene todo para lograrlo.

La pregunta no es si debemos avanzar hacia ese modelo, sino qué tan rápido estamos dispuestos a hacerlo.

Porque en un entorno global cada vez más desafiante, la seguridad ya no es solo un requisito operativo:
es una ventaja competitiva de las naciones.

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