La basura electrónica es uno de los problemas ambientales actuales, con más de 62 millones de toneladas generadas en 2022 y una proyección de 82 millones para 2030.
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Ahora mismo, los dispositivos electrónicos están integrados en nuestro día a día: utilizamos smartphones, ordenadores, portátiles, tablets, electrodomésticos inteligentes e incluso herramientas que se conectan al hogar. Pero esta evolución tecnológica también trae consigo un aumento del volumen de basura tecnológica, también llamada basura electrónica o e-waste, y es uno de los mayores desafíos ambientales del siglo XXI. De hecho, los residuos de este tipo no solo crecen de modo alarmante, sino que además muchos de esos dispositivos tienen materiales tóxicos o recursos que son valiosos y que están impactando negativamente en el medio ambiente, en la salud y en la sostenibilidad de los recursos naturales.
La tormenta perfecta: más consumo y más residuos
Si hablamos de basura electrónica, tenemos que abarca todos los aparatos eléctricos y electrónicos que llegan al final de su vida útil: desde teléfonos y ordenadores hasta electrodomésticos y equipos conectados. Según datos de la ONU, en 2022 se generaron unos 62 millones de toneladas de e-waste en todo el mundo, cifra que podría alcanzar 82 millones de toneladas en 2030 si no se adoptan medidas eficaces.
Este alto crecimiento no viene porque sí. En realidad, se impulsa debido a varios factores. Uno de los principales es la aceleración del ciclo de reemplazo tecnológico, es decir, que cada poco tiempo cambiamos de dispositivo (de móvil, portátil, tablet…). También hay una obsolescencia planificada cada vez menor (el tiempo de duración de esos dispositivos). A ello hay que unir el aumento del consumo en mercados emergentes y la proliferación de dispositivos conectados. Para que te hagas una idea, en España, según SMC España, cada habitante llega a generar 19,6 kilos de residuos electrónicos al año (y la media global está en 7,8 kilos).
Todo esto trae consigo una consecuencia y es que más de tres cuartas partes de los residuos tecnológicos no se reciclan adecuadamente, y gran parte termina en vertederos o en manos de recicladores informales sin las condiciones de seguridad necesarias.
Tóxicos escondidos: peligros ambientales y de salud
El hecho de que haya basura electrónica no solo tiene que ver con el volumen o cantidad de la misma, sino también porque muchos de esos materiales pueden ser altamente contaminantes, como ocurre con el plomo, mercurio, cadmio, etc. Todos ellos, si no se tratan bien, podrían filtrarse al suelo, al agua o al aire y desatar un problema medio ambiental importante.
En la actualidad, los dispositivos electrónicos que terminan en vertederos liberan estos elementos peligrosos gradualmente, contaminando acuíferos o suelos agrícolas. Pero no solo eso, sino que, en algunos casos, se desmontan o se queman esos dispositivos sin protección, con lo que se liberan sustancias nocivas en el ambiente.
Objetivo: recuperar recursos
Aunque a priori se pueda pensar que la basura electrónica no sirve para nada, en realidad no es así: es valiosa para reciclar y reutilizar ciertos recursos. Por ejemplo, el oro, plata, cobre o paladio, y otros elementos estratégicos que están en los componentes de los dispositivos se podrían volver a utilizar y sería mucho más eficiente que el tener que extraerlos de la naturaleza, reduciendo el impacto ambiental que eso supone.
El problema es que una mínima parte de esos materiales recuperables acaban en los nuevos dispositivos. la mayor parte de ellos acaban en los vertederos o se usan de manera insegura.
En España, la gestión de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos está regulada por el Real Decreto 110/2015, que adapta la Directiva europea sobre e-waste (WEEE Directive) al contexto nacional. Este es el origen de los sistemas de devolución y los puntos limpios, y obliga a productores y distribuidores a organizar la recogida y el reciclaje de estos residuos.
Los puntos limpios están instalados en los municipios y sirven para que cualquier persona pueda depositar los residuos tecnológicos y otros desechos especiales de forma separada y segura, evitando su mezcla con la basura común. Pero lo cierto es que los resultados mantienen unos índices de reciclaje muy bajos, a veces por la falta de conciencia ciudadana, por la complejidad del reciclaje o incluso por las barreras logísticas.
Es por eso que se están proponiendo modelos innovadores, como el transformar el concepto de “desecho” por uno de “recurso”. Es decir, que en lugar de que los aparatos electrónicos se tiren cuando llegan a su vida útil, sean reutilizados, reparados, reacondicionados o reciclados.
También se busca dotar a los consumidores de un papel clave, educándolos para que sepan reciclar, separar adecuadamente los residuos y elegir productos con diseño ecológico o ya reciclados para una segunda vida.