Por Armando Zúñiga Salinas
Vicepresidente Nacional de Comunicación COPARMEX | Presidente de Grupo IPS

Hay experiencias que dejan más enseñanzas que muchas horas de análisis, reportes o indicadores económicos. La visita que realizamos al Mercado de La Merced, junto con el presidente nacional de COPARMEX, Juan José Sierra, empresarios y líderes del sector productivo, fue una de ellas.

La Merced no es únicamente un mercado. Es un reflejo de México.

Entre pasillos llenos de actividad, mercancías que llegan desde distintos rincones del país y miles de personas trabajando desde la madrugada hasta la noche, encontramos una realidad que merece ser observada con atención y, sobre todo, con respeto.

Con frecuencia hablamos de la economía informal como una estadística. Decimos que representa más de la mitad de la actividad económica del país. Sin embargo, cuando uno camina por La Merced descubre que detrás de cada cifra hay personas, familias, sueños y una enorme voluntad de salir adelante.

Vi mujeres y hombres que trabajan jornadas extenuantes para llevar sustento a sus hogares. Vi generaciones enteras construyendo un patrimonio a partir de pequeños negocios. Vi comerciantes que enfrentan todos los días desafíos relacionados con la seguridad, la competencia, el acceso al financiamiento y la incertidumbre económica, pero que, aun así, abren sus cortinas cada mañana con la convicción de que el esfuerzo vale la pena.

La primera gran lección que me dejó esta visita es que el espíritu emprendedor mexicano es mucho más profundo de lo que solemos imaginar. No importa si se dirige una gran empresa, una pyme o un puesto de mercado; el deseo de progresar, generar empleo y crear oportunidades es exactamente el mismo.

La segunda enseñanza es que debemos dejar de ver la formalidad y la informalidad como dos mundos enfrentados. Muchos comerciantes no son informales por convicción, sino porque enfrentan obstáculos que dificultan su incorporación plena a la economía formal. Nuestro reto, como sector empresarial, organizaciones y gobierno, debe ser construir puentes que hagan de la formalidad una oportunidad y no una carga.

La tercera lección tiene que ver con la dignidad del trabajo. En cada pasillo de La Merced encontramos personas que, sin importar las circunstancias, han decidido salir adelante mediante el trabajo honesto. Esa cultura del esfuerzo es una de las mayores fortalezas de México y merece ser reconocida.

Como empresarios, a veces analizamos el país desde salas de juntas, consejos o indicadores macroeconómicos. Todo ello es importante, pero también es indispensable salir, escuchar y entender cómo viven millones de mexicanos que forman parte fundamental de nuestra economía.

La Merced nos recordó que el desarrollo económico no puede construirse desde la distancia. Debe construirse con cercanía, empatía y diálogo.

México necesita más productividad, más inversión y más empleos formales. Pero también necesita comprender mejor a quienes todos los días sostienen una parte fundamental de la economía nacional con trabajo, sacrificio y perseverancia.

Al salir de La Merced me llevé una convicción renovada: el futuro de México no se construirá enfrentando sectores o dividiendo realidades. Se construirá tendiendo puentes entre quienes generan riqueza desde distintos espacios, pero comparten un mismo objetivo: ofrecer una vida mejor a sus familias.

Porque, al final, detrás de cada empresa, cada comercio y cada puesto de mercado, existe algo que nos une a todos: el deseo de trabajar con dignidad, prosperar y contribuir al desarrollo de nuestro país.

La Merced no solo nos mostró un mercado. Nos mostró el rostro humano de la economía mexicana.

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