
El precio silencioso de construir una vida que valga la pena
Por Javier Grifaldo CPP, CICP, DES, DSI, Consultor en seguridad y Gestión de Riesgos
Hay dolores que destruyen.
Y hay dolores que construyen.
La dificultad está en aprender a distinguirlos.
La disciplina pertenece muchas veces al segundo grupo.
La disciplina duele.
Duele levantarse cuando el cuerpo pide quedarse.
Duele estudiar mientras otros descansan.
Duele entrenar cuando todavía no existen resultados.
Duele ahorrar cuando podemos gastar.
Duele comenzar desde abajo después de haber estado arriba.
Duele aceptar que nos equivocamos.
Duele escuchar una crítica que, en el fondo, sabemos que tiene algo de verdad.
Duele cerrar ciclos.
Duele alejarse de personas, hábitos, lugares e incluso versiones de nosotros mismos que alguna vez fueron importantes.
Duele continuar cuando nadie reconoce nuestro esfuerzo.
Pero quizá existe un dolor todavía más profundo: mirar hacia atrás un día y descubrir que pudimos haber hecho más con nuestra vida y decidimos no hacerlo.
No porque nos faltara capacidad.
Sino porque nos faltó constancia.
Porque dejamos para mañana demasiadas cosas.
Porque esperamos el momento perfecto.
Porque permitimos que el miedo decidiera por nosotros.
Porque confundimos comodidad con felicidad.
O porque simplemente nos acostumbramos a decir:
“Después lo hago”.
Y algunos “después” nunca llegan.
No conocemos las batallas de los demás
Existe algo que debemos reconocer antes de hablar de disciplina: no todas las personas comienzan desde el mismo lugar.
Para alguien, levantarse a las cinco de la mañana puede representar disciplina.
Para otra persona, levantarse de la cama después de atravesar una pérdida puede representar una batalla enorme.
Para alguien, trabajar doce horas puede ser sacrificio.
Para otro, tener el valor de detenerse y regresar a casa para recuperar a su familia puede ser el verdadero acto de disciplina.
Hay personas intentando construir una empresa.
Otras están tratando de reconstruir su vida.
Algunas quieren obtener una promoción.
Otras simplemente intentan conservar el empleo.
Alguien está preparándose para correr un maratón.
Alguien más está aprendiendo nuevamente a caminar después de una enfermedad o un accidente.
Unos están celebrando.
Otros están sobreviviendo.
Por eso la disciplina nunca debería utilizarse para juzgar a quien avanza a un ritmo diferente.
No conocemos el peso que carga la persona que camina junto a nosotros.
La disciplina verdadera comienza también con empatía.
La sociedad de la recompensa inmediata
Vivimos probablemente en una de las épocas con mayor acceso a información, tecnología y oportunidades de la historia.
Pero también vivimos bajo una enorme presión por obtener resultados inmediatamente.
Queremos respuestas inmediatas.
Reconocimiento inmediato.
Dinero inmediato.
Transformaciones físicas inmediatas.
Éxito inmediato.
Incluso relaciones inmediatas.
Una pantalla puede mostrarnos en segundos a una persona viajando por el mundo, comprando un automóvil, inaugurando una empresa, recibiendo un premio o mostrando una aparente vida perfecta.
Lo que normalmente no vemos son los diez años anteriores.
Las noches sin dormir.
Las deudas.
Los rechazos.
Las entrevistas donde dijeron que no.
Los proyectos que fracasaron.
Las lágrimas que nunca llegaron a una fotografía.
Las veces que esa persona estuvo a punto de abandonar.
Vemos la medalla.
No vemos los entrenamientos.
Vemos la empresa.
No vemos las noches de incertidumbre.
Vemos el puesto directivo.
No vemos los años de preparación.
Vemos el reconocimiento.
No vemos los sacrificios.
Vemos la cima.
Rara vez vemos la montaña.
Motivación y disciplina: una diferencia fundamental
La motivación es extraordinaria.
Nos inspira.
Nos emociona.
Nos hace comenzar.
Pero tiene un problema:
es temporal.
Hay días en los que despertamos convencidos de que podemos conquistar el mundo.
Y existen otros en los que simplemente queremos apagar el teléfono, cerrar las cortinas y olvidarnos de todo.
Eso es humano.
Por eso construir nuestra vida exclusivamente alrededor de la motivación resulta peligroso.
La motivación pregunta:
“¿Tengo ganas?”
La disciplina pregunta:
“¿Qué debo hacer?”
La motivación puede llevarnos al gimnasio el primer día.
La disciplina nos lleva meses después.
La motivación compra un libro.
La disciplina lo termina.
La motivación establece una meta.
La disciplina construye el sistema necesario para alcanzarla.
La motivación nos ayuda a comenzar.
La disciplina nos ayuda a permanecer.
La disciplina también sabe descansar
Existe una interpretación equivocada que debemos abandonar.
Disciplina no significa trabajar hasta destruirnos.
No significa dormir cuatro horas.
No significa ignorar a nuestra familia.
No significa estar disponible las 24 horas.
No significa convertir cada minuto de nuestra existencia en productividad.
Eso no siempre es disciplina.
A veces es simplemente agotamiento disfrazado de éxito.
Una persona verdaderamente disciplinada comprende que también necesita dormir, recuperarse, convivir, respirar, detenerse y cuidar su salud.
Existe disciplina en levantarse temprano.
Pero también puede existir disciplina en apagar la computadora.
Existe disciplina en trabajar intensamente.
Pero también existe disciplina en regresar a casa.
Existe disciplina en resistir.
Y existe enorme sabiduría en saber cuándo descansar.
Porque ningún éxito profesional debería exigirnos perder completamente nuestra salud, nuestra familia o nuestra identidad.
Hay momentos en los que la vida rompe nuestros planes
Podemos organizar nuestra agenda.
Establecer objetivos.
Diseñar estrategias.
Prepararnos.
Trabajar.
Ahorrar.
Planificar.
Y aun así, la vida puede cambiar en una llamada telefónica.
Una enfermedad.
Un accidente.
La pérdida de alguien.
Un despido.
Una separación.
Una crisis económica.
Una traición.
Un diagnóstico.
Una empresa que cierra.
Un proyecto que desaparece.
Una decisión tomada por alguien más que cambia nuestra historia.
Hay acontecimientos para los cuales ninguna agenda nos prepara.
Y entonces descubrimos otra dimensión de la disciplina.
La disciplina de reconstruirse.
Levantarse después de caer no siempre significa hacerlo inmediatamente.
A veces significa permanecer un momento en el suelo, comprender qué ocurrió, llorar lo necesario y después buscar fuerzas para levantarnos.
No todos los días tenemos que ser fuertes.
No todos los días tenemos que ganar.
No todos los días tenemos que demostrar algo.
Hay días en los que nuestra única victoria consiste en no rendirnos.
Y eso también cuenta.
Empezar de nuevo
Una de las experiencias más difíciles de la vida adulta consiste en comenzar nuevamente cuando creíamos que ya habíamos llegado.
Perder una posición profesional.
Cambiar de empresa.
Terminar una relación.
Ver desaparecer un negocio.
Mudarse de ciudad.
Reinventar una carrera.
Aceptar que el plan original ya no existe.
Comenzar desde cero cuando tenemos veinte años puede parecer aventura.
Hacerlo después de los cuarenta o cincuenta puede sentirse completamente diferente.
Porque ya conocemos el costo.
Tenemos responsabilidades.
Tenemos historia.
Tenemos cicatrices.
Tenemos personas que dependen de nosotros.
Y muchas veces también tenemos miedo.
Pero comenzar nuevamente no significa necesariamente regresar al punto de partida.
Nunca regresamos completamente a cero.
Regresamos con experiencia.
Con conocimiento.
Con errores que ya conocemos.
Con relaciones construidas.
Con cicatrices.
Con criterio.
Con una versión distinta de nosotros mismos.
A veces perder una posición no significa perder nuestro valor.
Perder dinero no significa perder nuestra capacidad.
Perder una relación no significa perder nuestra posibilidad de volver a amar.
Perder una batalla no significa haber perdido la guerra.
La disciplina, en esos momentos, consiste simplemente en decir:
“Mañana lo intentaré nuevamente.”
La disciplina emocional
Probablemente una de las formas más difíciles de disciplina no ocurre en un gimnasio, una oficina o una universidad.
Ocurre dentro de nosotros.
Es la disciplina emocional.
Controlar nuestra reacción cuando estamos enojados.
No responder inmediatamente un mensaje que nos lastimó.
No tomar decisiones permanentes desde emociones temporales.
Escuchar antes de responder.
Aceptar una crítica sin convertirla automáticamente en una ofensa.
Reconocer que podemos estar equivocados.
Pedir perdón.
Perdonar.
Alejarnos.
Guardar silencio.
No todo comentario merece respuesta.
No toda provocación merece reacción.
No toda crítica merece defensa.
No toda batalla merece ser peleada.
Y no todas las personas merecen acceso permanente a nuestra energía.
Hay ocasiones en las que retirarse no es cobardía.
Es inteligencia emocional.
El liderazgo también duele
Quien ocupa una posición de liderazgo conoce una realidad que pocas veces aparece en los libros:
tomar decisiones también duele.
Detrás de una hoja de cálculo existen personas.
Detrás de un indicador existen familias.
Detrás de una reducción de plantilla existen historias.
Detrás de un error puede existir alguien que necesita una segunda oportunidad.
Un líder disciplinado necesita equilibrar resultados y humanidad.
Debe exigir sin humillar.
Corregir sin destruir.
Escuchar sin perder autoridad.
Reconocer errores sin sentirse débil.
Tomar decisiones difíciles sin perder sensibilidad.
Y entender que tener autoridad sobre alguien jamás significa tener derecho a disminuir su dignidad.
El verdadero liderazgo aparece especialmente cuando nadie está observando.
Cuando podríamos abusar de nuestra posición y decidimos no hacerlo.
Cuando podríamos apropiarnos del mérito y lo compartimos.
Cuando algo sale mal y asumimos responsabilidad.
Cuando algo sale bien y reconocemos al equipo.
Ahí la disciplina adquiere otro nombre:
integridad.
El talento no siempre gana
El talento es importante.
La inteligencia ayuda.
La preparación académica abre puertas.
Las relaciones profesionales generan oportunidades.
La experiencia aporta criterio.
Pero ninguna de estas ventajas garantiza permanencia.
El mundo está lleno de personas extraordinariamente talentosas que nunca desarrollaron completamente su potencial.
Y también está lleno de personas aparentemente ordinarias que construyeron resultados extraordinarios mediante una herramienta sencilla:
constancia.
Una hora de estudio parece poco.
Pero una hora diaria durante años puede transformar completamente una carrera.
Una sesión de entrenamiento parece insignificante.
Miles pueden transformar un cuerpo.
Una buena decisión financiera parece pequeña.
Décadas de buenas decisiones pueden construir patrimonio.
Un acto de honestidad puede pasar inadvertido.
Miles construyen reputación.
La disciplina tiene una característica extraordinaria:
se acumula silenciosamente.
La disciplina cuando nadie aplaude
Probablemente ésta sea la etapa más difícil.
Trabajar sin reconocimiento.
Prepararnos sin garantías.
Estudiar sin saber cuándo llegará la oportunidad.
Hacer ejercicio sin observar todavía cambios.
Construir un proyecto que nadie comprende.
Continuar cuando las personas comienzan a preguntar:
“¿Todavía sigues intentando eso?”
Ahí aparece la verdadera prueba.
Porque es fácil continuar cuando existen resultados.
Lo difícil es continuar cuando todavía no existen evidencias.
Gran parte del progreso ocurre bajo tierra antes de convertirse en visible.
Las raíces aparecen antes que el árbol.
La preparación ocurre antes de la oportunidad.
El conocimiento se acumula antes de convertirse en experiencia.
La reputación se construye antes del reconocimiento.
Y el carácter se desarrolla mucho antes de que alguien lo admire.
La disciplina consiste en trabajar durante ese periodo invisible.
También debemos aprender a perdonarnos
Existe otra cara de la disciplina de la que hablamos poco.
Perdonarnos.
Todos tenemos decisiones que hoy tomaríamos de manera diferente.
Personas a quienes quizá lastimamos.
Oportunidades que dejamos pasar.
Dinero que administramos mal.
Tiempo que desperdiciamos.
Relaciones que no cuidamos.
Palabras que no debimos pronunciar.
Silencios que duraron demasiado.
Podemos aprender de esas decisiones.
Pero castigarnos eternamente por ellas no modifica el pasado.
La disciplina también consiste en asumir responsabilidad, reparar lo que todavía pueda repararse y después permitirnos continuar.
No podemos conducir hacia adelante mirando permanentemente el espejo retrovisor.
El pasado debe ser maestro.
No domicilio.
Dos tipos de dolor
Al final, muchas de nuestras decisiones nos colocan frente a dos dolores.
El primero es el dolor de la disciplina.
Prepararnos.
Entrenar.
Estudiar.
Ahorrar.
Corregirnos.
Comenzar nuevamente.
Aceptar nuestros errores.
Pedir ayuda.
Decir no.
Cerrar ciclos.
Alejarnos de lo que sabemos que nos hace daño.
Hacer lo correcto incluso cuando nadie está observando.
El segundo es el dolor del arrepentimiento.
Preguntarnos:
¿Qué habría pasado si lo hubiera intentado?
¿Qué habría ocurrido si hubiera estudiado?
¿Si hubiera cuidado mi salud?
¿Si hubiera dedicado más tiempo a mis hijos?
¿Si hubiera llamado a mis padres?
¿Si hubiera administrado mejor mi dinero?
¿Si hubiera comenzado aquel proyecto?
¿Si hubiera tenido el valor de decir lo que sentía?
¿Si hubiera salido antes de aquello que me destruía?
¿Si hubiera confiado un poco más en mí?
Los dos dolores existen.
Pero existe una diferencia enorme:
uno puede construir nuestro futuro; el otro solamente puede recordar nuestro pasado.
El tiempo: nuestro recurso verdaderamente limitado
Podemos recuperar dinero.
Podemos recuperar posiciones.
Podemos reconstruir empresas.
Podemos conseguir otro automóvil.
Otra casa.
Otro empleo.
Incluso podemos comenzar otra carrera.
Pero existe algo que nadie, absolutamente nadie, puede devolvernos:
el tiempo.
Quizá por eso la disciplina adquiere su significado más profundo.
No se trata solamente de producir más.
Se trata de decidir conscientemente qué hacemos con el tiempo que nos corresponde vivir.
Trabajar cuando debemos trabajar.
Descansar cuando debemos descansar.
Estudiar cuando debemos prepararnos.
Abrazar cuando debemos abrazar.
Decir “te quiero” cuando todavía podemos decirlo.
Pedir perdón mientras todavía existe alguien dispuesto a escucharlo.
Llamar a nuestros padres.
Escuchar a nuestros hijos.
Cuidar nuestro cuerpo.
Construir nuestros sueños.
Porque podemos pasar años persiguiendo cosas que un día descubriremos que nunca fueron realmente importantes.
La batalla frente al espejo
Durante años podemos creer que nuestra competencia está afuera.
Otra empresa.
Otro candidato.
Otro profesional.
Alguien más joven.
Alguien con más experiencia.
Alguien con mejores relaciones.
Alguien aparentemente más exitoso.
Pero nuestra competencia más importante probablemente nos acompañe todas las mañanas.
Está frente al espejo.
Es nuestra tendencia a postergar.
Nuestro miedo.
Nuestro ego.
Nuestra comodidad.
Nuestras excusas.
Nuestra necesidad de aprobación.
Nuestra versión conformista.
Superar a otros puede producir reconocimiento.
Superarnos a nosotros mismos produce transformación.
Y un día entenderemos
Llegará un momento en nuestras vidas en el que muchas cosas que hoy parecen enormes dejarán de importar.
Los títulos profesionales estarán guardados.
Los automóviles habrán cambiado.
Las oficinas tendrán nuevos ocupantes.
Los cargos tendrán otros nombres.
Las empresas continuarán.
Los teléfonos dejarán de sonar.
Las redes sociales tendrán nuevas generaciones.
Y entonces quizá nuestra definición del éxito sea diferente.
Tal vez ya no nos preguntemos cuánto acumulamos.
Tal vez nos preguntemos:
¿A quién ayudé?
¿A quién enseñé?
¿Quién fue mejor porque alguna vez trabajó conmigo?
¿Estuve presente para mi familia?
¿Cumplí mi palabra?
¿Viví de acuerdo con mis principios?
¿Tuve miedo y aun así avancé?
¿Hice algo valioso con el tiempo que recibí?
Ahí comprenderemos que la disciplina nunca consistió solamente en levantarse temprano.
Consistía en aprender a gobernarnos.
En elegir.
En renunciar.
En perseverar.
En amar.
En corregir.
En levantarnos.
En volver a comenzar.
La disciplina duele
Sí.
Duele madrugar.
Duele entrenar.
Duele estudiar.
Duele escuchar.
Duele aceptar errores.
Duele perder.
Duele cambiar.
Duele despedirse.
Duele reconstruirse.
Duele comenzar nuevamente cuando pensábamos que esa etapa de nuestra vida ya había terminado.
Pero también duele abandonar nuestros sueños.
Duele perder años por miedo.
Duele descubrir demasiado tarde que debimos cuidar nuestra salud.
Duele no haber dicho “te quiero”.
Duele recordar oportunidades que dejamos pasar simplemente porque pensamos que tendríamos tiempo.
Por eso la disciplina no debe entenderse como una condena.
Es una elección.
La elección de soportar pequeñas incomodidades presentes para proteger aquello que verdaderamente importa.
Y tampoco debemos olvidar algo esencial:
ser disciplinado no significa ser invulnerable.
Podemos cansarnos.
Podemos llorar.
Podemos equivocarnos.
Podemos pedir ayuda.
Podemos detenernos.
Podemos sentir miedo.
Podemos tener días malos.
Y podemos necesitar tiempo para reconstruirnos.
La disciplina no exige dejar de ser humanos.
Nos enseña precisamente a serlo con mayor conciencia.
Porque algunas veces la mayor demostración de disciplina será avanzar.
Otras veces será detenernos.
Algunas veces será luchar.
Otras será retirarnos.
A veces será resistir.
Y otras será tener el valor de comenzar nuevamente.
Pero mientras exista un mañana, existe una posibilidad.
Una llamada que todavía podemos hacer.
Un libro que todavía podemos abrir.
Un cuerpo que todavía podemos cuidar.
Una relación que quizá podamos reparar.
Un sueño que podemos retomar.
Una disculpa que podemos ofrecer.
Una decisión que podemos cambiar.
Un nuevo camino que podemos comenzar.
Tal vez nunca podamos modificar el primer capítulo de nuestra historia.
Pero mientras sigamos aquí, todavía podemos escribir el siguiente.
Y cuando llegue ese momento inevitable en el que miremos hacia atrás, quizá descubramos que las mañanas difíciles, las noches de estudio, las pérdidas, las decisiones incómodas, las veces que comenzamos nuevamente y aquellos días en los que estuvimos a punto de abandonar tenían algo en común:
nos estaban construyendo.
Porque finalmente la vida no siempre premia al más fuerte.
Ni necesariamente al más inteligente.
Ni al que comenzó primero.
Muchas veces termina avanzando aquel que, después de caer, todavía encuentra una razón para levantarse una vez más.
La disciplina duele.
Pero hay un dolor que puede acompañarnos mucho más tiempo:
el de saber que pudimos intentarlo y no lo hicimos.
Así que estudia.
Trabaja.
Entrena.
Descansa.
Ama.
Abraza.
Perdona.
Pide perdón.
Cuida tu salud.
Cuida a tu familia.
Cumple tu palabra.
Defiende tus principios.
Atrévete a comenzar.
Y cuando la vida te derribe —porque alguna vez lo hará— recuerda que caer no elimina todo lo que has construido.
Respira.
Recupérate.
Mira hacia adelante.
Y cuando puedas…
levántate una vez más.
Porque la disciplina duele.
Pero renunciar a la persona que todavía podemos llegar a ser puede doler mucho más.