Por REVISTA MUNDO EMPRESARIAL
Hay cifras que merecen celebrarse y otras que obligan a mirar con mayor profundidad. La actividad industrial mexicana creció 2.4% anual en julio, su mejor resultado en 33 meses y avanzó 0.5% respecto de junio. La construcción encabezó el movimiento con un crecimiento anual de 6.7%, mientras las manufacturas avanzaron 1.3%. Después de meses de señales débiles, la industria comienza a mostrar una recuperación que resulta relevante para la economía mexicana.
El dato es positivo, pero una economía como la mexicana requiere algo más que un buen mes para hablar de una recuperación sólida. La verdadera pregunta está en saber si este repunte representa el comienzo de un ciclo de expansión productiva o simplemente una recuperación parcial después de un periodo de debilidad.
México tiene frente a sí una oportunidad industrial que difícilmente puede darse por descontada. La reorganización de las cadenas globales de suministro, la cercanía con Estados Unidos, el T-MEC y la necesidad de las empresas internacionales de diversificar sus operaciones colocan al país en una posición estratégica. La oportunidad existe; convertirla en crecimiento sostenido requiere condiciones mucho más profundas.
Los datos recientes muestran precisamente esa dualidad.
Por un lado, la industria manufacturera recuperó terreno en julio. Su producción aumentó 0.9% mensual y 1.6% anual, después de dos lecturas anuales de contracción. Algunos segmentos vinculados con tecnología mostraron un desempeño particularmente relevante: la fabricación de equipo de cómputo, comunicación y componentes electrónicos registró un crecimiento anual de 12.6% en cifras originales.
Por otro lado, el personal ocupado en la industria manufacturera permaneció sin cambios en julio y presentó una caída anual de 1.4%. Las horas trabajadas también disminuyeron 1.1% anual. La fotografía resulta reveladora: la producción puede crecer mientras el empleo industrial permanece bajo presión.
Esta diferencia merece atención porque una política industrial exitosa debe medirse también por su capacidad para generar productividad, mejores empleos, proveedores nacionales y mayor contenido tecnológico. Fabricar más representa una parte del objetivo; desarrollar capacidades productivas propias representa la siguiente etapa.
El reto también aparece en la inversión. La formación bruta de capital fijo registró en junio un crecimiento mensual de 1.3% y de 5.9% anual. El resultado es favorable, pero la estructura de esa inversión importa tanto como su magnitud. La economía mexicana necesita capital que amplíe la capacidad productiva, incorpore tecnología, modernice maquinaria y fortalezca las cadenas nacionales de proveeduría.
Aquí aparece una de las grandes asignaturas pendientes.
México ha conseguido atraer plantas, proyectos y operaciones vinculadas con las cadenas internacionales, pero todavía enfrenta el desafío de elevar la participación de empresas mexicanas dentro de esas cadenas. El verdadero salto industrial ocurre cuando una inversión extranjera genera proveedores locales, transferencia de conocimiento, investigación, capacitación especializada y nuevas empresas capaces de competir por sí mismas.
La construcción también está aportando una parte importante del actual dinamismo industrial. Su crecimiento anual de 6.7% en julio explica una proporción relevante del avance del sector. La propia Secretaría de Hacienda reportó que la inversión física del sector público aumentó 62.6% real anual en julio, asociada al avance de proyectos estratégicos.
El dato confirma la importancia de la inversión como motor de actividad. Al mismo tiempo, plantea una cuestión fundamental para los siguientes meses: la recuperación industrial requiere una participación creciente de la inversión privada y productiva, capaz de sostener el ciclo más allá del impulso que puedan proporcionar determinados proyectos públicos.
El entorno empresarial también ofrece una señal mixta. En agosto, el Indicador de Pedidos Manufactureros alcanzó 52.2 puntos y permaneció por tercer mes consecutivo por encima del umbral de 50. La señal refleja una mejora en los pedidos esperados y en la producción esperada. Sin embargo, el indicador de confianza empresarial manufacturera se ubicó en 48.1 puntos, todavía por debajo de ese umbral.
La lectura es clara: existen pedidos, capacidad industrial y oportunidades; al mismo tiempo, persiste cautela para comprometer capital de largo plazo. Ahí se encuentra probablemente el punto central de la discusión económica mexicana. El país cuenta con ubicación geográfica, una plataforma exportadora consolidada, experiencia manufacturera y acceso preferencial al mercado norteamericano. El siguiente paso consiste en construir las condiciones que permitan aprovechar esos activos durante las próximas décadas.
Energía suficiente y competitiva, disponibilidad de agua, infraestructura logística, seguridad, talento especializado, conectividad digital, certidumbre jurídica y proveedores nacionales forman parte de la misma ecuación. Cada una de estas variables puede determinar si México recibe una nueva planta o si consigue construir alrededor de ella un verdadero ecosistema industrial.
La oportunidad también exige una mirada distinta sobre el concepto de nearshoring. Durante los últimos años se ha hablado mucho de cuántas empresas pueden llegar a México. La discusión que sigue debe concentrarse en cuánto valor puede generar México alrededor de cada una de esas inversiones. Porque una planta puede producir millones de unidades y exportar miles de millones de dólares, pero el impacto económico se multiplica cuando alrededor de ella aparecen empresas mexicanas proveedoras, centros de ingeniería, universidades vinculadas con la industria, desarrolladores de tecnología, especialistas y capital nacional.
México necesita pasar de la lógica de la instalación a la lógica del desarrollo.
El dato industrial de julio representa una señal favorable. La construcción avanza, las manufacturas recuperan terreno, los pedidos mejoran y la inversión muestra crecimiento. Sin embargo, la tarea económica consiste en conseguir que esos indicadores formen parte de una tendencia sostenida y amplia.
El país tiene ante sí una oportunidad industrial de enorme dimensión. Aprovecharla requiere mirar más allá de la cifra mensual de producción y preguntarse qué está construyendo esa producción para el futuro. El verdadero éxito industrial de México llegará cuando cada nueva inversión signifique también más tecnología mexicana, más proveedores nacionales, más talento especializado, mejores empleos y mayor capacidad para competir. Porque crecer industrialmente significa producir más; desarrollarse industrialmente significa aprender a producir cada vez mejor, generar más valor y conseguir que una mayor parte de ese valor permanezca y se multiplique dentro de México.