El Banco de México realiza una encuesta mensual que recoge las expectativas de especialistas del sector privado sobre la economía mexicana. Sus resultados ofrecen una referencia para evaluar el clima de negocios, las condiciones para invertir y los riesgos que las empresas deben considerar en su planeación.

Entre enero y septiembre de 2026, la encuesta mostró una evolución irregular de las expectativas sobre el clima de negocios y las condiciones para realizar inversiones. En promedio, 31.7% de los especialistas esperaba una mejoría del clima de negocios y 56.4% anticipaba que permanecería igual. Respecto al momento para invertir, apenas 2.9% lo consideró favorable, mientras que el 48% lo juzgó desfavorable y 49.6% manifestó incertidumbre. Aunque en septiembre la proporción que consideraba favorable invertir aumentó a 10%, todavía predominaba la cautela, sin una recuperación sostenida de la confianza.

Esta cautela coincide con los obstáculos al crecimiento que identificaron los especialistas consultados: inseguridad pública, política comercial, ausencia de cambios estructurales, problemas de Estado de derecho, incertidumbre política interna y corrupción. Aunque la encuesta no establece una relación directa entre cada factor y la opinión sobre el momento para invertir, estas preocupaciones ayudan a comprender el entorno en el que las empresas deben evaluar riesgos y decidir dónde comprometer sus recursos en el 2027.

Para los empresarios, este panorama plantea una tarea concreta: proteger la rentabilidad y la liquidez, mientras fortalecen sus posibilidades de crecimiento. Preparar la estrategia y el presupuesto de 2027 requiere definir cómo mejorar la competitividad, atender mejor al cliente y desarrollar las capacidades necesarias para lograrlo. También exige decidir dónde asignar los recursos disponibles, revisar gastos y actividades que se mantienen por costumbre, pero que han dejado de aportar valor, y orientar el presupuesto hacia los factores que realmente impulsan el desempeño. Repetir el presupuesto anterior con ajustes de precios y metas puede perpetuar ineficiencias, dejar pasar oportunidades relevantes y generar riesgos innecesarios.

Las empresas que trascienden generaciones y se mantienen vigentes, tanto en épocas favorables como en circunstancias desafiantes, suelen compartir cuatro capacidades fundamentales: analizar y comprender el momento que viven, con visión estratégica; desarrollar un plan realista, que considere el entorno, sus oportunidades y riesgos, así como las fortalezas y limitaciones internas; ejecutar la estrategia con eficiencia y eficacia, alineando la estructura operativa, los recursos y las responsabilidades con los nuevos objetivos; y gestionar la estrategia de manera dinámica. Los objetivos estratégicos se definen en la planeación, pero deben gestionarse. Ello permite medir la contribución de la operación diaria a los resultados de largo plazo, favorece la toma de decisiones y facilita ajustar el rumbo, manteniendo la operación y la estrategia conectadas.

En este recorrido, cada etapa es relevante y complementa a las demás: comprender el entorno da sustento al plan, la ejecución lo convierte en acciones y la gestión permite evaluar resultados y ajustar el rumbo. Sin embargo, muchas empresas dedican tiempo y recursos importantes a planear y encuentran mayores dificultades al ejecutar. El reto consiste en conectar las oportunidades identificadas y la visión estratégica con los impulsores del desempeño dentro de la organización: proyectos, procesos, competencias de los colaboradores y tecnología. Esa conexión exige traducir las prioridades en cambios concretos en la forma de trabajar y desarrollar las capacidades organizacionales necesarias para alcanzar los resultados esperados.

Resulta fundamental también que la planeación que se lleva a cabo desde la alta dirección pueda desdoblarse hacia toda la estructura de la empresa. Cada área necesita comprender cómo contribuye a los objetivos estratégicos y traducirlos en objetivos más específicos y operativos dentro de su ámbito de responsabilidad, con objetivos compartidos entre áreas, indicadores homologados y procesos y proyectos alineados. Este ejercicio permite identificar duplicidades, gastos que no generan valor y actividades críticas para la estrategia que carecen de responsables, recursos o soporte en la operación. Así, la alineación convierte el rumbo estratégico en compromisos concretos y ayuda a concentrar los esfuerzos de la organización en los resultados que la empresa busca alcanzar.

De cara a 2027, las expectativas de crecimiento moderado y la cautela para invertir hacen especialmente relevante la capacidad de cada empresa para construir sus propias oportunidades. Comprender el entorno, definir prioridades realistas, alinear la operación y gestionar la estrategia de manera dinámica permite proteger la rentabilidad y la liquidez, al tiempo que se desarrollan nuevas fuentes de crecimiento. La innovación debe formar parte de ese esfuerzo, orientando los recursos hacia mejores soluciones para el cliente y capacidades que fortalezcan la competitividad. Las empresas que logren conectar estas decisiones estarán mejor preparadas el próximo año para aprovechar una mejoría del mercado y ajustar oportunamente su rumbo si las condiciones resultan más exigentes.

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