La semana pasada tuve el privilegio de participar como maestro de ceremonias en México por el Clima: Semana de Acción por el Clima y la Naturaleza 2026. Mientras escuchaba a especialistas, empresarios, académicos, organizaciones sociales y ciudadanos compartir experiencias, una idea se hizo presente: el mayor desafío climático es acelerar las acciones para cambiar el rumbo.
Del 5 al 9 de octubre, la Ciudad de México reunió más de 150 paneles y 400 ponentes en torno a una pregunta: ¿cómo convertir los compromisos climáticos en acciones concretas? Agua, biodiversidad, infraestructura, tecnología, alimentación, economía circular, electromovilidad, transición energética y juventudes integraron una agenda diversa.
Mi principal aprendizaje fue claro: la crisis climática no tiene compartimentos; nuestras soluciones tampoco deberían tenerlos.
Un planeta de sistemas conectados
Como maestro de ceremonias, tuve una posición privilegiada: escuchar. Las distintas perspectivas permiten descubrir conexiones que perdemos cuando analizamos los problemas de manera aislada.
Las conversaciones sobre la rehabilitación hídrica de las barrancas de Barrilaco, en el Bosque de Chapultepec, y la infraestructura verde y azul para ecosistemas urbanos resilientes evidenciaron la relación entre agua, territorio, conservación y urbanización.
Árboles, bosques, humedales y barrancas cumplen funciones indispensables. El reto consiste en diseñar ciudades que trabajen con la naturaleza, en lugar de intentar dominarla.
Tecnología para transformar decisiones
En el panel sobre tecnología y transición justa, con Mauricio Ruiz Barroso, de NTT DATA, y otros especialistas, exploramos cómo la inteligencia artificial, los sensores, las imágenes satelitales y las plataformas digitales permiten conocer nuestro impacto ambiental.
Sin embargo, la tecnología climática más valiosa no será la que genere más datos, sino la que propicie mejores decisiones en energía, inversión, producción, logística y planeación urbana. Debemos reducir la distancia entre saber y actuar.
La sostenibilidad en nuestras decisiones cotidianas
Las conversaciones sobre desperdicio alimen-tario en el sector hotelero y sostenibilidad en grandes eventos mostraron que cada alimento desperdiciado implica perder agua, energía, tierra y trabajo. Combatirlo también es acción climática.
“La mesa que regenera” utilizó la gastronomía para hablar de territorio, biodiversidad y cultura. Reconocer la cadena previa a nuestro plato demuestra que comer es un acto ambiental.
La exposición HOPE, de Cristina Mittermeier y SeaLegacy, aportó otra dimensión indispensable: la esperanza. Comprender la gravedad de la crisis es necesario, pero también debemos imaginar lo que podemos proteger y regenerar.
Una transición que incluya a todos
México por el Clima llegó del Papalote Museo del Niño a las Utopías de la Ciudad de México, acercando la conversación a las comunidades. Destacó Mexiquito por el Clima, un espacio para niñas, niños, adolescentes y familias.
La pregunta es inevitable: ¿qué planeta les estamos dejando? Quizá también debamos preguntarnos qué generación estamos formando para cuidarlo. La educación, la cultura y el contacto con la naturaleza son inversiones fundamentales.
Ningún sector puede resolver estos desafíos por sí solo. Iniciativas como el Laboratorio de Activación Biorregional conectan conocimientos, proyectos regenerativos e inversión de impacto, mientras que las conversaciones rumbo al Foro Urbano Mundial recuerdan el papel decisivo de las ciudades.
De la conciencia a la acción
Paradójicamente, terminé la semana sintiéndome alumno. Escuchar tantas voces confirmó algo esperanzador: muchas soluciones ya existen. Contamos con conocimiento, tecnología, empresas innovadoras, organizaciones sociales, jóvenes y comunidades comprometidas.
El reto es conectar esas capacidades y multiplicar su impacto. La pregunta ya no es solamente por qué actuar, sino cómo hacerlo, con qué recursos y a qué velocidad.
La medida del éxito de México por el Clima no será la asistencia, sino lo que hagamos después del encuentro.
El planeta necesita que transformemos nuestras decisiones durante las próximas 52 semanas. El futuro sostenible no será heredado: será resultado de lo que decidamos hacer hoy.